domingo, 4 de noviembre de 2012



10. FAUNA TERCA

     Ambos hombres están separados por un magnífico ejemplar de alazán. El hombre mayor parece estar dándole indicaciones al más joven, el que no deja de cepillar al caballo mientras lo escucha. El hombre mayor usa el cabello corto y viste ropa de combate. Sin dejar de hablar, señala una ondulación de terreno que se alza del otro lado del río. El joven observa y asiente con un movimiento de cabeza. De repente, una chica de cabellos claros irrumpe por detrás del hombre mayor y de un salto se le sube a horcajadas por la espalda. El hombre gira inútilmente con el afán de librarse del sobrepeso que lo pone en evidencia frente a un grupo de peones que está avanzando en los preparativos de un asado. El joven abandona su tarea y observa a la pareja. El hombre mayor se exaspera. Ella ríe a carcajadas. El muchacho deja el cepillo en un balde y acaricia las crines del caballo. La chica, con agilidad felina, vuelve a tierra, besa en la mejilla al hombre mayor y monta sobre el animal. 
  Desde la ventana de la casa que está próxima a la escena, otra joven, no rubia, con una niña en brazos y otra a su lado, también los observa y ríe. Por un instante, una vez que el muchacho ha montado por detrás de la rubia y el hombre mayor no logra apaciguar su enojo, ambas mujeres cruzan miradas e inmediatamente dejan de sonreír. Una se recuesta sobre el cuerpo de su compañero de monta. La otra no abandona su punto de atención. El hombre mayor empuja a la amazona hacia adelante y vuelve a señalar el mismo punto geográfico que había marcado al principio. El jinete toma las riendas por debajo de los brazos de su compañera. La otra no abandona su punto de atención. El hombre mayor vuelve a empujar con menos cortesía a quien lo desobedece y a señalar con énfasis la colina. Una vuelve a mirar hacia la ventana. La otra, a pesar de que la niña más grande le reclama que a ella también la cargue en brazos, no abandona su punto de atención. El hombre palmea violentamente las ancas del caballo y voltea hacia la casa. La otra no abandona su punto de atención hasta que el alazán corta camino por la alameda y se pierde tras la curva del río que ocultan los sauces.
   El hombre, molesto por la ridícula escena que le ha tocado protagonizar, se dirige con dureza a los peones que están rodeando con brasas una serie de cuatro asadores. Junto a éstos y bajo la sombra de una tupida parra, hay una mesa de tablones dispuesta para veinte comensales y un cartel que lo cruza por lo alto: Feliz cumpleaños Mechi.  La otra se aleja de la ventana para acostar a la niña que se ha quedado dormida y para atender a la mayor. Luego se dirige al baño para refrescarse. Siente un leve vahído. Se moja la cara varias veces y amarra su cabello con una cinta. No se mira en el espejo. No ahora que pudo leer eso que vio en los ojos de la otra. No ahora que los peones han dejado unas vísceras de cordero sobre la mesada. Ni el espejo ni el triperío gelatinoso quiere ver.
   El sonido de un vehículo que se aproxima a la casa la devuelve a la ventana. Es un jeep con tres soldados. Reconoce al gordo Sepúlveda, quien se aproxima a los asadores y habla con el hombre mayor. Discuten. No, no discuten. El hombre se enfadada por haber sido importunado un domingo y en el día del cumpleaños de su hija. Ella alcanza a escuchar un nombre: Montana o Fontana, y nota que el gordo cede ante la reprimenda del hombre mayor, el que cambiando bruscamente de humor le señala con orgullo los caballos que tiene en el corral. Pero ninguno de los tres admira la tropilla porque el aroma y el delgado humo de la carne asada desvían su interés. Por eso el hombre los despacha y el vehículo retoma la huella que los condujo hasta el frente de la casa.
   Ella observa el cielo. Una tímida acumulación de nubes pomposas va cubriendo parcialmente el sol. Son pequeñas pero “de pancita negra”, como le decía su madre. Señal de que esta noche va a llover. Aunque recién haya comenzado febrero, los caprichos del clima cordillerano pueden  transformar el mejor de los veranos en el peor de los otoños. A ella no le gusta la lluvia. La nieve sí. Hasta le parece más bondadosa la vida cuando el blanco predomina sobre San Agustín. Pero la lluvia no. Los recuerdos más tristes de su vida están asociados con el mal tiempo, con el barro y con la incomodidad que trae consigo el agua. Todo se altera cuando el clima es adverso. Cuando el cielo se cubre y el período de precipitaciones se instala sobre la región, cada hogar de San Agustín tiene que mantener encendidas las luces en pleno día. Los animales, la mayoría de los que pueden verse en las chacras y en las calles, sufren el frío de la mojadura sin un reparo decente. Igual que los conscriptos que montan guardia en pleno descampado, apenas protegidos por un casco y un capote. Ella recuerda a uno en particular; a un soldadito de baja estatura y de cabellos negros y gruesos. Pertenecía a una camada de conscriptos norteños. Lo habían comisionado para que le llevara un par de bolsas de cemento al coronel Díaz Galván. A pie y al hombro, el muchacho cargó una primero y otra después, desde el batallón hasta la casa del superior. En el transcurso del recorrido comenzó a llover, y al llegar, el coronel le ordenó que esperara en la puerta porque tenía los borceguíes muy embarrados como para entrar a su casa. Ella, desde la cocina, pudo ver cómo el soldadito mantenía su posición con el cemento al hombro y bajo el aguacero. Así por alrededor de veinte minutos. Hasta que el coronel le llevó una carretilla y le dijo que pasara la bolsa para el patio del fondo.
   Sin que ella lo hubiese visto venir, el hombre había ingresado a la casa y preguntado por la niña más grande “No, a vos no. A Cristinita la vengo a buscar…Dale, vení que vamos hasta lo de Zaldúa, que nos prometió un par de cajones de fruta”.
    Le daba escalofríos ver cómo la manito de Cristina se hacía invisible dentro del puño del hombre mayor. Cómo la subía a la camioneta y cómo la ubicaba en el asiento del acompañante. Ella sabía lo que era estar ahí y en el mismo lugar que tuvo que ocupar hacía… ¿Cuánto…doce, quince años atrás? El plano de lo real se repetía pero recreando desde distinto ángulo una historia ya sufrida por ella. Ahora revivía ese mismo episodio pero desde un punto de vista testigo, como una espectadora que presencia desde el reverso la escena previa de un final cantado.
  Volvían los vahídos y las imágenes tortuosas. Confusos los pantallazos de rostros familiares que aparecían y desaparecían, de frases truncas, de gemidos de gozo y de asfixia. Un disparo. No, dos y el olor rancio a kerosene quemado. Volver a mojarse la cara y no mirar ahí, ahí contra la pared del baño y  sobre la mesada. Ya lo vio y ya lo leyó en ese cruce turbio que mantuvo con la otra. Mejor alzar a la niña que se ha despertado y que la observa de pie, tomada de la baranda de la cuna. No llora Macarena, la de los ojos de luz. Negros brillantes. Redondísimos e intensos. “Azabache”, le había dicho el maestro González cuando la fue a visitar. Parecidos a los de los angelitos españoles que le quiso regalar. Pero a ella le cayeron mal las estatuillas. Le impresionaron esos ojos de cerámica tan exageradamente abiertos.
    “Parece que me estuvieran vigilando. Me dan cosa, no sé. Yo se lo agradezco mucho, maestro, pero por qué no se los regala al padre Javier. A mi me puede comprometer, ¿vio? Usted ya sabe”
      Cada vez que su mirada se cruzaba con la de su hijita, lo veía a Mariano y recordaba cada momento de esa única noche en la que ella fue suya. La noche en que su piel se sintió abrigada y que supo lo que era temblar por amor. Volvió a esa boca que se abría deseosa porque recibía el alma que la otra le daba en el beso. Repitió con sus dedos el trazo de una lengua que la midió desde el borde más sensible de su piel hasta la hondura más abierta de su corazón. Caía una lágrima sobre su pecho y el breve estallido de la gota hacía que sus ojos relumbraran  en el azabache de su mirada.
  Los ojos de la niña eran el alma que él había encarnado en su sangre para siempre. Pero él no debía saberlo. No por lo menos ahora. Si lo supiera, ¿cómo reaccionaría el hombre? ¿Cómo escapar de lo que el viejo hubiese entendido como una traición y como una falta de lealtad por parte de ambos? Mejor callar lo que aún no puede decirse y esperar a que el destino envíe alguna señal. Cerrar la puerta del baño y mandar a uno de los muchachos a que retire los desechos que han quedado sobre la mesada. Mejor no ver lo que aún no se debe.
  Arriba el cielo parece agonizar sobre el mediodía del paisaje. Mala señal este inoportuno regodeo de nubes. Para colmo, los que debieran estar aquí se están demorando más de  lo previsto. Entonces ella vuelve a la ventana con la niña en brazos y deja que sus ojos se fijen en las colinas que se alzan del otro lado del río. Allí, sobre el filo más suave de la elevación, un caballo se ha detenido a pastar. Sólo se muestra el alazán con su montura, mordisqueando las pocas raíces de un suelo magro y virgen.
   Alarmado por una presencia que no logra ver pero que intuye, el animal deja de comer y alza la cabeza. Mira hacia este lado, hacia la ventana de la casa. Como si la mujer o la niña le estuviesen por decir algo que él debería saber, a pesar de la distancia y de la soledad que los emparenta. Pero no es nada.  Todo está tranquilo. El caballo vuelve a lo suyo y aquí no ha pasado nada. Nada más cierto que la duda que hace temblar a quien cree ver lo que ya sabe.
 
  
 






11. VIVA MUERTE

     La muerte del Choique no fue el desencadenante que determinó el brusco cambio de personalidad de Mariano. Como mucho, esa fatalidad se sumó a otros eventos que fueron socavando las virtudes que habían hecho de él un ser confiable y querible.  El fallecimiento del anciano no sólo afectó a los íntimos sino también a toda la comunidad de San Agustín. Para Mariano, esa pérdida fue la culminación de una serie de malas nuevas que venían sucediéndose desde aquella compulsiva mudanza al galponcito del fondo. Lo que lo conmocionó no fue su sentida orfandad y la soledad que lo acechaba desde cada rincón de la casa. La forma de maltratar el ganado, el negarle el saludo a los vecinos y desconocer los acuerdos de palabra que establecía con otros chacareros no eran consecuencias que pudiesen derivar de un merecido agradecimiento a la memoria de su tutor. Había algo en la historia reciente de Mariano que lo había transformado y que lo reducía a una personalidad eminentemente intimidatoria para con quienes se atrevían a intentar algún comentario sobre su actitud.
   La noticia del abandono en que había caído la chacra trascendió hasta Chabela Purrán, la hermana menor del Choique, quien decidió viajar desde Cutral Có para comprobar qué tan cierto era lo que le habían comentado sobre esta mala nueva.
   En principio le pareció una exageración la imagen de desidia que le pintaban sus allegados respecto del estado en que se hallaba la propiedad de su hermano: la maleza crecida entre los frutales, los cerdos, los pocos que quedaban, comiendo y anidando en las habitaciones de la casa, los chivos pastando en los campos vecinos, los postes del alambrado tumbados y un permanente olor a podredumbre flotando en el ambiente.
    Chabela dudaba del informe recibido. Desconfiaba de las fuentes que la anoticiaban sobre este supuesto paisaje en decadencia. Por eso resolvió viajar junto a Víctor, su único hijo, para comprobar o desacreditar esas versiones por ella misma. Pero al llegar a la chacra no sólo comprobó que los frutales estaban invadidos por la maleza, que el baño de la casa era la guarida del chancherío, que los chivos pastaban sin cuidado en propiedad ajena, que el derrumbe del alambrado se debía a la falta de postes y que la acumulación de desperdicios apestaba dentro y fuera de la casa, sino que el faltante de animales se debía a la muerte premeditada de éstos.  Cachafaz, el perro lider de los pastores, un cerdo cachorro y dos chivos, habían sido descubiertos por Víctor a medio enterrar. Todos muertos por degüello y eviscerados. Otros pocos más, violentados de igual forma y arrojados a una fosa común.
   Chabela dedujo que Mariano tenía algo que ver con ese desastre, pero no quiso ir a exigirle explicaciones. Ella se sentía culpable por el panorama lúgubre que ofrecía la propiedad de su hermano. Hacía muchos años que había abandonado San Agustín con la promesa de no volver a pisar ese pueblo. Pero fue por amor, por seguir a Enrique, un joven técnico de YPF, que se distanció de los suyos y se propuso hacer borrón y cuenta nueva. Desde entonces, desde que se radicó en Cutral Có, que no regresaba a San Agustín. Apenas se reencontró dos veces con su hermano: la primera cuando nació Víctor, y la segunda cuando Enrique la abandonó para fugarse a Comodoro Rivadavia con una de las pupilas del Hollywood, un prostíbulo de Plaza Huíncul. Pero en ambas ocasiones fue el Choique quien viajó al encuentro de su hermana. La primera vez para celebrar en familia, y la segunda para confortar a quien creía ser la infeliz más desgraciada del mundo. Chabela, en parte por vergüenza y en parte por ese sufrido orgullo que suele improvisarse en situaciones límite, juró que nunca regresaría a San Agustín.
   No, la hermana del Choique no iría por Mariano ni por ningún otro en busca de explicaciones. Si existía una persona responsable de lo ocurrido, esa persona era ella y solamente ella por haber sido tan desconsiderada con su familia. De última, Mariano era un mocoso veinteañero que poco podía entender de responsabilidades y de administrar una propiedad.
    “Siempre fue un pobre chico –le contaba el padre Javier a Chabela- No hay que olvidar que desde que nació se la pasó yendo de un lado a otro, comiendo y durmiendo aquí o allá como perrito sin dueño. Y cuando terminó la escuela, Díaz Galván se lo llevó para que le cuidara los caballos. Vale decir que su vida ha transcurrido entre esos dos mundos: entre el cuidado de animales ajenos y lo que le ofrecía el Choique. Además, no tuvo otra opción que compartir el techo con la Neno y Laura. Aunque corresponde aclarar que desde los doce o trece años viene durmiendo en un galponcito de dos por cuatro. Lo cierto es que donde mejor se hallaba era en lo de tu hermano, donde últimamente pasaba  la mayor parte de la semana. Ahora bien, ¿qué lo perturbó como para llevar a cabo tamaña maldad?...( suponiendo que el tuviera que ver con el hecho que te trae hasta aquí, desde luego) Eso no lo sé. Pero sí coincido con la apreciación que te brindaron los vecinos respecto del cambio de actitud que ha manifestado Mariano en este último tiempo. De todos modos va a ser difícil que lo encuentres por aquí. Hace rato que no me visita. Incluso por el pueblo se lo ve poco. Cuando fue lo de tu hermano, Díaz Galván lo fue a buscar a la chacra y se lo llevó…No, gracias a Dios no lo enganchó en el ejército. Le consiguió un puesto de media jornada en Hidrosur, la empresa que está construyendo la central hidroeléctrica. Vale decir que está medio día en la represa y el resto del tiempo con los caballos del coronel ¿Seguís pensando que él tuvo algo que ver?”
    Chabela permaneció una semana más en San Agustín. Tiempo suficiente para vender el poco ganado que quedaba en pie y para ofertar la propiedad de su hermano en la plaza local. Para su decepción, quienes pagaron por los animales lo hicieron a precio de remate. Ninguno de los chacareros vecinos necesitaba incrementar sus lotes de chivos o sumar cerdos a sus chiqueros. Si lo hicieron fue para honrar de alguna manera la memoria del Choique y para darles un destino definitivo a esos animales que vagaban de un terreno a otro. En cuanto al curso inmobiliario que tomaría la propiedad en su conjunto, el padre Javier intercedió ante el secretario de hacienda de la municipalidad para que éste interesara a la gerencia de Hidrosur en esas pocas hectáreas. La empresa necesitaba instalar una extensión de su base y  esa locación les resultaba más que adecuada para reacomodar la maquinaria pesada.
    “Desde luego, padre –le dijo Figueras-, que esta mujer deberá conformarse con un alquiler. ¿Quién va a querer comprar una chacra cuyo futuro es decorar el fondo de un lago? Lamentablemente así están las cosas…Yo los entiendo perfectamente a usted y a la señora, pero no creo que pueda negociarse algo mejor de lo que le estoy proponiendo ¿Se acuerda cuando en el ’76 se hizo aquella primera reunión con la gente del ejecutivo provincial y la Dirección de Tierras, que se les ofreció a los propietarios del ejido un precio más que interesante por sus terrenos? ¿Se acuerda? ¿Y se acuerda también que se les advirtió que a medida que transcurriera el tiempo la oferta iría perdiendo valor? Gran parte de los propietarios supo aprovechar el momento y aceptó negociar de esa manera. Y no fue mala la decisión. Fíjese el caso de Hidalgo, o el de Díaz Galván, por poner un  par de ejemplos. Uno sigue con el aserradero y  el otro con la cría de caballos sin que el futuro le preocupe demasiado ¿Por qué?, porque cuando se les venga el agua van a tener su correspondiente indemnización depositada en el Banco. Los que no le dieron bola a la cosa o descreían que la represa se levantaría andan como esta señora, buscando salvavidas de todo tipo...No tanto por ella porque bien abandonado lo tenía al hermano. Para mí, el lazo de hermandad le quedaba grande a esta mujer. Hago esta gauchada por usted y nada más que por usted “

   A Mariano le resultaba ridícula la directiva de usar un estúpido casco amarillo durante el horario de trabajo. Pero más ridículo le resultaba ver a su capataz, la mole Tapia, tener que lucir un casco como el suyo. Tapia era el ser humano de mayor peso y  volumen muscular que Mariano había visto en su vida. Ya de lejos, al divisar la muchedumbre que ingresaba al predio de Hidrosur, se podía distinguir a “la mole” por sobre el resto. De manera que si al común de sus compañeros les resultaba incómodo calzarse el caso, Mariano daba por hecho que para Tapia sería un tormento cumplir con ese requisito de seguridad. Para colmo, la medida de los cascos era universal. Vale decir que sobre el cráneo del capataz dicha protección se mostraba más como sombrerito de cumpleaños que como requisito indispensable para trabajos de riesgo.
     - Lo que pasa  -decía Tapia mientras intentaba abrochar los extremos de las correas de seguridad bajo la barbilla-  es que estos casco son japonese. No ves que los chino tienen cabeza chica y se piensan que todos somo iguale. No es que soy cabezón. Es el casco… ¿Y vo de qué te reí, estúpido? ¿Pensás que so un galán con esa ridiculé en la azotea?–
   A diferencia del resto de sus compañeros, Mariano no le temía a Tapia. Sencillamente lo respetaba. A pesar de que el hombre superaba en ancho y en alto al trabajador más fornido de la región, él no experimentaba ningún tipo de intimidación por parte del capataz. Al contrario, en cierta forma le daba lástima ese pobre gigante adornado con un casquito infantil. Saber que para entrar a cualquiera de las oficinas administrativas debía hacerlo poniendo el cuerpo de lado, o enterarse que sus jefes le habían prohibido utilizar el montacargas para acceder a otros niveles de la edificación, le daba pena. Tal vez por eso Mariano era el único de su cuadrilla que no le temía a Tapia. Y tal vez por eso el capataz era el único que no le reprochaba a Mariano cuando todos los días, a las dos de la tarde, finalizaba su media jornada y rumbeaba para la casita del río.
  Mediante ese código de entendimiento no pactado entre las partes, Mariano fue construyendo su relación diaria con la mole. El ser esquivo para la conversación, más la forma de graduar la intensidad de su mirada en el otro, le valió al joven un voto de confianza por parte del capataz. Así que la rutina laboral del muchacho no se vio alterada por ningún episodio hostil que hubiese podido desencadenarse a raíz de su medio turno de trabajo. Si Tapia no ponía objeciones, el resto de la cuadrilla no intervenía, ya que el protegido de Díaz Galván, mientras duraba su turno, era aplicado y trabajaba a la par de los demás.
   En cuanto a la obra en sí misma, lo que le costaba entender a Mariano era cómo habían hecho los ingenieros para desviar el cauce de un río como el Huancúl y que ni siquiera una gota se filtrara por debajo del talud. Este fenómeno podía apreciarse desde el punto más alto de la construcción, donde el equipo de Tapia se dedicaba a las tareas de selladura. Desde allí y descolgando medio cuerpo sobre la baranda de seguridad, Mariano podía  seguir con cierta tristeza el serpenteo reseco del lecho del río. Y un poco más allá, justo antes de llegar al campo del coronel, podía proyectar el desmadre del Huancúl hacia el lado opuesto de las chacras. Se resistía a creer que un puñado de hombres y máquinas bastaron para burlar a la naturaleza de esa manera. Y más aún imaginar el aspecto que tendría ese paisaje una vez que el río se transformara en lago. 
  Mariano se sentía parte de ese paisaje dañado porque él también había sido maltratado. Y ello no se relacionaba con el fallecimiento del Choique. Bien le había enseñado su tutor que la única muerte que existe es la física. Por eso decía desencarnar y no morir. Mariano estaba convencido de que el cuerpo del Choique había cumplido su misión en la Tierra y ahora le tocaba perpetuarse en todas las cosas vivas que latían en el universo.
  “¿En qué podés reencarnar?... En árboles, en bichos, en animales y en  un cristiano nuevamente. Pero para eso hay que trabajar mucho con el corazón. Hasta que llegado el día de la purificación, a lo mejor después de años de pasar de un cuerpo a otro, ya no haga falta volver a la madre tierra ”
  Aunque no podía dar fe de ello, Mariano intuía que el Choique tenía bien ganado su lugar en el cielo. Es más, lo palpitaba cada vez que observaba las estrellas, o cuando las brasas susurraban su ardor en el leve crepitar de la noche. En esos instantes de paz interior sentía que algo le rozaba el cuerpo y se quedaba a su lado. Pero Mariano sabía que no tendría esa suerte. Él nunca podría despojar de impurezas su espíritu porque lo que ahora parecía hervir en cada partícula de su ser no lo hacía digno de merecer un lugar junto a las almas donde moraba el Choique.
   “A veces el destino hace que la gente equivocada ande por áhi buscando (sin que a uno se lo pidan, claro está) que lo despenen, que lo alivien de la mala que les come el alma. Y uno, sin haberlo pensado, se ve obligado a hacer ese sacrificio. Dios quiera que no, m´hijo. Dios quiera que no te pase nunca. Pero si alguna vez te toca verte en ese entrevero, encomendá primero las almas que vas a despachar y luego la tuya. Allá arriba te van a saber perdonar”.

   Aunque se lo negaba cada vez que Mercedes tocaba el tema, Mariano sabía en qué se entretenía el coronel cuando su hija no estaba en casa o cuando la creía dormida. Él, más de una vez, estuvo escuchándolos debajo del ventanal. Supo cuánto más tortuoso era percibir los gemidos entrecortados y el jadeo que acababa asfixiándose contra las almohadas, que apreciar con sus propios ojos los embistes de un cuerpo contra otro. Por eso Mariano sabía que nunca alcanzaría el grado de pureza espiritual necesaria para cumplir su misión en la Tierra. Él, desde su condenatorio rol de testigo pasivo, dejó que el odio hacia Díaz Galván le apestara la sangre. No bastaba con desearle al viejo inmundo todo el mal habido y por haber. No era suficiente aborrecerlo por haberles contaminado el alma a Laura y a él. Por eso escupió a los pies de la Neno y la maldijo la noche de navidad, porque ella sabía cuáles eran las consecuencias al negociar el futuro de su hija. Allí entendió que estaba solo contra el mundo y que si era verdad que tenía destinado un remanso del universo para su alma,  ese refugio ya no sería ocupado por él.
    A la larga, Mariano entendió que la Neno había resultado ser tan perra y egoísta como Mercedes; otra que bien lo buscó aquella vez en el río y se puso a temblar como una yegua caliente cuando lo tuvo adentro. Mariano le dio esa tarde todo lo que ella pedía. Quería hacerla sufrir, pero Mecha no sufría. O sí sufría pero le gustaba. Y más todavía cuando decidieron hacerlo en la habitación del coronel. Ella se ponía de pie en la cama y “la bombacha me la vas a sacar cuando yo te lo ordene y no antes”. Y él la esperaba con el sexo erguido y contenido hasta la dilatación extrema, sólo para aguantarse hasta el final y llenarla una, dos, tres veces, las que hicieran falta. A ver si de una vez por todas “la nena le da el regalito al papi y así empieza a envenenarse ese viejo podrido de una vez por todas”. Pero Mercedes no sólo no llegó a sentir jamás síntomas de embarazo, sino que las obligadas separaciones temporarias de Mariano potenciaban sus encuentros sexuales ante cada regreso a San Agustín. Ni una sola vez experimentó un avance de náusea o de retraso en su período. Ni siquiera consideraba la posibilidad de recurrir al más rudimentario método anticonceptivo; detalle que sí procuraba atender en los esporádicos encuentros que mantenía con Mauricio en Buenos Aires. 
       “-…  Porque a vos me gusta sentirte completo, piel contra piel, mojado contra mojado. En cambio a él le hago poner forro porque me da asco tenerlo adentro. Sí, asco. Con forro es como si nunca me hubiera cogido. Es como si estuviera nada más que refregándose por afuera. Y además lo hace mal.… Estoy con él porque me conviene. Me lleva a pasear. Me compra lo que le pido. Y porque así mi vieja no me jode los fines de semana… ¿Quién dijo que soy yo la que “falla”, como decís vos?  A lo mejor sos vos el estéril…¿Probaste hacerlo con otras chicas para ver qué pasa? …No,  las que están en El Jote no cuentan porque a ésas no las agarrás en ninguna. Con chicas del pueblo te digo. Con cualquiera que puedas hacerte el novio un tiempo…Bueno, probá con una y sacate la duda …Y ya que estamos hablando de estas cosas, decime la verdad, ¿con Laura nunca…?...Bueno, no te pongas loco conmigo. No me vas a decir que tanto tiempo compartiendo el mismo techo y… ¿Jamás pasó nada?…¿Y entonces por qué te mandaron a dormir al galponcito?...¿Qué, así porque así terminó la guacha esa instalándose en mi casa?...Para mí que la Neno se la mandó a mi viejo con regalo incluido para hacerlo cargo del asunto… Mirá, nene, si te calentó a vos como a un perro salvaje, poco le habrá costado hacerlo con un hombre mayor. Si hasta a veces se me da por pensar que la guachita que lleva en los brazos es tuya…Si, el pelito es clarito pero eso no asegura nada. Si no fijate en Elvira, la que era maestra nuestra. Tuvo un hijo medio rubiecito con el profe González y los dos son morochos…Si sabía qué… No, no sabía que se había ido de San Agustín...A lo mejor el tipo se fugó con otra, como hacen muchos maridos. O a lo mejor se cansó de este pueblo y quiso cambiar de vida…Dejá de decir pavadas, Mariano. Mirá si tipos como mi viejo van a andar haciendo semejante animalada y nada menos que en este lugar donde nunca pasa nada y a nadie le importa nada…Lo hubiese sabido por mi viejo o por los amigos de mi abuelo en Buenos Aires  ¿Vos también estás con esa historieta de?...Ah, bueno, eso dice el cura y los que se juntan con él….Callate… Terminala con el tema. No es problema nuestro si se separaron y ella quedó sola con el hijo ¿No era que tenían familia en Buenos Aires?... Habrá vuelto cada uno con sus viejos y listo. Qué nos importa a nosotros lo que hacen los demás. Vos mejor ocupate de mí que yo me voy a ocupar de vos. Dale, tengo un mes de vacaciones y quiero aprovecharlo. Pero antes necesito hablarte de algo que le escuché decir a mi vieja antes de venirme para acá…Sí, a vos te va a preocupar más que a mí…Tu trabajo tiene que ver porque cuando se termine la represa desaparece San Agustín. Pero no es sólo eso. Así como vos vas a quedar en bolas, hay otros que se quedan con todo…Sí, ella y mi viejo…Claro que no te dijo nada ni te lo va a decir nunca…Muchas razones. Mi viejo, además de la casa que compró en La Plata, se asoció con un tipo que cría caballos en Dolores…¡Cómo “y qué”! ¿Con quién te crees que va a compartir esa nueva vida?...Porque el milico que está de gobernador fue compañero de promoción de mi viejo. Cuando tuvieron que negociar las indemnizaciones por las tierras que van a quedar bajo el agua, ¿quién te crees que ligó el mejor contrato?...Se lo pagan con fondos del Estado…No sólo lo sé, sino que leí la documentación que guarda mi viejo…Yo no aparezco en ninguna página, pero ella sí…¿Y?... ¿No decís nada? ¿No te jode saber que cuando se venga el agua no te va a quedar nada ni nadie con quien estar?... Mirá, Mariano, hacé una cosa. Mañana, cuando estés trabajando allá arriba, prestá atención a todo lo que ves de San Agustín y pensá cómo va a ser tu mundo cuando larguen el agua. Todo lo que conocés va a desaparecer. Va a quedar hundido para siempre. Y por sobre todo eso, nada. Sobre la superficie no va a haber nada para vos, ni un lugar donde vivir. Ni siquiera vas a poder conservar algo material de tu historia porque todo lo que pudiste tocar alguna vez va a quedar hundido para siempre. Es como si a los veintidós o veintitrés años volvieras a empezar. Es como renacer sobre la nada…Sí, también es como morir y volver a nacer…¿Reencarnar, decís vos? Si querés llamarlo de esa manera llamalo así. Pero reencarnado o no después del agua, siempre vas a ser vos el único que te acompañe en tu miseria”


  
 
 
  
    
  
 
12. RESUMEN CRONOLÓGICO
 
       A las ocho cuarenta y cinco a.m del diez de marzo de 1981, el mayor Fontana desplegó un mapa sobre su escritorio y lo instruyó al recién llegado teniente primero Bialet respecto de las tareas de edificación que debían realizarse en las inmediaciones del río Huancúl. Aunque alejada del batallón, la zona demarcada pertenecía al ejército y requería de la instalación de un nuevo puesto de vigilancia.
    “La situación, teniente, no da para andar dejando al pedo tanto terreno al descubierto y sin supervisión. Así que esas son las instrucciones. Ni un centímetro más ni uno menos. Justo aquí, ¿lo ve?, en el recuadro que  marqué en rojo, entre el río y la ladera del cerro Biguá. Pero mejor se lo lleva al suboficial Sepúlveda con usted. Él conoce bien esa zona. Además lo van a estar esperando unos muchachos de Hidrosur para darle una manito con la nivelación del terreno”
   A las nueve cero uno a.m, el teniente primero Bialet le ordenó al soldado Valdez que le comunicara al suboficial principal Sepúlveda que viniera a verlo a la comandancia.
   A las nueve cero seis a.m, Sepúlveda, después de que el oficial le transmitiera las mismas directivas que minutos antes le había impartido el mayor Fontana, le ordenó al soldado Valdez que buscara al cabo Seguel y que alistara a diez soldados  para comisión.
      “No, diez no. Que sean nueve porque usted también va ¿Comprendido?”
  A las diez y once a.m, el unimog Mercedes Benz del ejército argentino arribó a la zona conocida como Vega Huancúl; un colorido y boscoso paraje emplazado entre la costa del río y la ladera este del cerro Biguá. El vehículo, luego de recorrer los cinco kilómetros de una despareja huella que nacía por detrás del alambrado del batallón, se detuvo a unos metros del lugar señalado en el mapa,  junto a  dos camionetas de Hidrosur. De él descendieron un oficial, dos suboficiales y diez conscriptos.
    A la comitiva militar le llamó la atención la desmesura física del capataz que acompañaba a Roberto Di Salvo, el agrimensor de Hidrosur. Un coloso humano que, según estimaciones del teniente, estaría superando los dos metros de altura y que desconcertaba aún más por lucir sobre su cabeza un diminuto casco plástico amarillo; protección que también respetaba el par de operarios que lo acompañaban.
    A las diez y diecinueve a.m, el agrimensor y el teniente primero desplegaron un mapa sobre el capot de una de las camionetas. Debían  acordar criterios de trabajo para poder dar inicio a la obra encomendada. El mayor había sido muy claro y preciso respecto del lugar donde debía trazarse la platea.
   Excepto el cabo Seguel y el soldado Valdez, el resto de los hombres se agrupó en torno al inmenso capataz y al calor de un fuego que había comenzado uno de los muchachos de Hidrosur.
   A las diez y treinta y seis a.m, oficial y técnico continuaban estudiando los pormenores del mapa y resolviendo algunas diferencias de cálculo.
    A las diez y treinta y seis a.m, Mariano Fulque retiró la pava del fuego y se la pasó a su capataz para que iniciara la ronda de mate.
    A las diez y treinta y seis a.m, el cabo Seguel lo miraba con odio al soldado Valdez y le hablaba entre dientes, como masticando cada una de las palabras que le escupía a la cara, porque ese chaqueño estúpido no entendía nada, no se daba cuenta de lo que estaba por pasar. Cuando el soldado intentó levantar la mano para señalar hacia allá, hacia un revuelto de tierra donde se encontraban mateando sus compañeros, el cabo le bajó el brazo de un golpe y despachó a viva voz un par de insultos que obligaron al soldado a cerrar los ojos.
   A las diez y treinta y siete a.m, los del mapa y los que estaban calentando la ronda de mate se interrumpieron para identificar a quien había proferido el insulto.
  A las diez y treinta y ocho a eme, el suboficial principal Sepúlveda se apartó de la ronda y le ordenó al cabo Seguel que lo fuera a ver.
    “Usted no, Valdez. Usted sube al unimog y me espera hasta que termine con el cabo… ¿Y ustedes qué miran? Continúen con el mate que acá no pasa nada”
  A las diez y cuarenta a.m, Sepúlveda terminó lo que parecía ser una acalorada levantada en peso contra Seguel. Le ordenó que repitiera la palabra comprendido y que subiera al camión, que lo esperara junto a Valdez, que el mismo los iba a llevar hasta la comandancia.
   A las diez cuarenta y uno a.m, el suboficial principal Sepúlveda se disculpó ante el teniente primero Bialet por interrumpirlo y le informó que tanto el cabo Seguel como el soldado Valdez quedaban arrestados por insubordinación a partir de este momento.
                        - Explíqueme una cosa, ingeniero – Dijo Bialet señalando hacia la ladera del cerro - ¿Qué significan esos mojones amarillos que están plantados en la base del cerro y esos anaranjados que están más arriba?- “
                        - ¿No se enoja si lo corrijo?...No soy ingeniero. Soy técnico agrimensor.  Esos postes son hitos reglados. Van del cero al cien. Son los que van a marcar los distintos niveles del lago cuando esté terminada la represa. El amarillo marca la cota mínima y el anaranjado la  máxima. Pero eso es poco probable que suceda. Lo habitual es que el lago baje durante el verano, cuando las precipitaciones son escasas –
    Algo no le estaba resultando del todo coherente al teniente Bialet. Así que  volvió a mirar el terreno que debían demarcar. Se trataba de una parcela a medio remover, junto a un claro del bosque donde soldados y obreros continuaban compartiendo el desayuno. Luego volteó hacia la ladera del cerro y advirtió que el desnivel que quedaba entre la construcción a levantar y los mojones era notable. Dedujo que las órdenes que había recibido y el cometido de la comisión eran un absurdo absoluto, un esfuerzo incomprensible.
                - Pero…esto va a quedar bajo agua. No entiendo por qué me mandan con la tropa a levantar un puesto en este lugar –
                    - Sí, mire, cuando vinieron sus jefes a pedirnos ayuda, les explicamos que sería un desperdicio de tiempo y esfuerzo construir en ese terreno -
                  - ¿Y qué contestaron? –
                 - Que ellos no podían hacer comentarios sobre asuntos estratégicos y que sólo estaban cumpliendo órdenes. Que si nosotros podíamos darles una mano lo iban a saber agradecer –
    El teniente se aproximó al claro donde se encontraba el terreno a delimitar. Se trataba de una parcela de tierra removida y flanqueada por dos mangas boscosas. Hacia el río, la zona forestada cobraba mayor dimensión que la ofrecida sobre la falda del cerro Biguá, donde la arboleda terminaba por desaparecer y dejar al descubierto arbustos y rocas.
 Los terrones que pisaba Bialet al recorrer una y otra vez el espacio indicado se desgranaban ante la más leve presión de sus borceguíes. No caía una sola gota sobre el valle del Huancúl desde la primera semana de febrero.
       “Se nota que los que estuvieron cavando por aquí pudieron hacerlo cuando la tierra todavía estaba húmeda. Por la lluvia  del mes pasado, ¿no?”
    A las diez y cincuenta a.m, el teniente Bialet comparó por última vez el grado de desnivel que acusaban los puntos de referencia en cuestión. Resopló con disgusto y ordenó a sus hombres que ayudaran a la gente de Hidrosur a desmontar el equipo. Que acá no se venía a chupar mate ni a vaguear. Que la mañana se estaba yendo y había mucho por hacer.
   A las diez y cincuenta y cinco a.m, el unimog  Mercedes Benz del ejército argentino recorría a la inversa la huella que había tomado a las nueve treinta y cinco. En su parte trasera y recostado sobre uno de los laterales, el cabo Seguel, en voz muy baja, hablaba para sí mismo. Por su parte, el soldado Valdez, sentado en el lateral opuesto, no podía evitar recrear en su mente el episodio que ambos habían compartido hacía algo más de un mes. Aquella vez la oscuridad y el tupido repique de la lluvia contra la cubierta de lona hacían que su campo de visión se concentrara en un único punto de interés.  Ahora, importunados por la claridad de la mañana, cabo y conscripto volvían a ver lo que ninguno de los dos quería confesarle al otro. El cuerpo de aquel hombre sucio de barro, el que habían arrojado sobre el piso del unimog, aún agonizaba junto a sus pies. Aún se bamboleaba con el vaivén de la marcha. Aún gemía cuando la seguidilla de pozos sacudía la carrocería. Aún la sangre lo abandonaba a través del orificio que le cruzaba el cuello y que se escurría por debajo de su espalda, por su entrepierna, hasta bordear la tapa metálica de la caja trasera. Aún estaba allí y Valdez los miraba; al hombre y al cabo. Le temblaba la barbilla al chaqueño. Lo miraba a uno primero y al otro después. Seguel ya no hablaba consigo mismo, discutía. Discutía y alzaba la voz. Después se sentaba, sacudía la cabeza como negando exageradamente lo que él mismo quería sostener y volvía a tumbarse sobre la banca metálica.
     Finalmente, a las once quince a.m, oficial y agrimensor coincidieron en sus cálculos y delimitaron con diez pequeñas estacas el perímetro donde se construiría el nuevo puesto de guardia, el que contemplaría una garita doble de vigilancia con su respectiva dependencia para relevos.
  A las dos p.m, el técnico Di Salvo y el operario Mariano cargaron algunas herramientas en una de las camionetas y se retiraron rumbo a la central. Sus otros dos compañeros, quienes debían cumplir jornada completa, continuaron con las tareas de remoción de suelo.
   A las cuatro y dieciocho p.m, el cabo Seguel fue conducido en vilo a la enfermería del cuartel por tres hombres que lo sujetaban de brazos y piernas. Unos minutos antes, el joven suboficial había destrozado a golpes de silla las ventanas de la cantina y había atacado, primero con los puños y después con una bandeja metálica, al personal de cocina del batallón; agresión que tuvo su ira de continuidad contra quienes quisieron reducirlo. Únicamente los bastonazos que el personal de guardia repartió sobre el abdomen, la espalda y la cabeza de Seguel dieron por terminado el escándalo.
  A las seis treinta p.m, el capitán médico Terranova, por orden del mayor Fontana, amordazó y amarró a una de las camas de internación al cabo Sebastián Seguel.
    “¿No ve, doctor, que este hombre dice cosas que no tienen sentido? Quemarse por una cucharada de sopa no es motivo para tamaño desacato…¿Ve?, por eso lo mandé a callar. Mire si va a andar por ahí gritando esas barbaridades así porque así…Hágame un favor, capitán, por qué no le da…Ah, ya le inyectó. Bueno, cualquier novedad  me la comunica”

   A las siete cuarenta y cinco p.m, el padre Javier le pidió a María Rosa que antes de retirarse le hiciera el favor de ubicar ese par de angelitos de cerámica en algún lugar de la vivienda adjunta a la parroquia. La mujer dijo que ya mismo, pero que antes necesitaba pedirle un favor. Se trataba del Tati, su hijo, el que estaba haciendo el servicio como cocinero del batallón.
   “Bueno, resulta que el Raúl, que es compañero del Tati, me contó que hoy a mi hijo le pegaron feo. Un cabo que se puso como loco y que gritaba que los muertos estaban ahí ¿Se da cuenta padrecito? Pobre mi Tati que nunca se mete con nadie. No, al cocinero también le pegaron. Y, bueno, el Raúl con otros más, que gracias a Dios estaba de guardia, lo frenaron a ese loco, si no me lo mataba al Tati. Y el Raúl se hizo una escapadita para avisarme. Por eso cuando usted daba la misa yo me mandé para allá. Pero no me dejaron ni entrar. Que tenían órdenes de no dejar pasar a nadie. Que el Tati estaba bien y que la cosa no había sido para tanto. Así que, padrecito, yo le quería pedir si usté podría ir a hablar con el jefe del Tati. Capaz de seguro lo van a dejar entrar. Eso no más era lo que le quería pedir”
     A las siete cuarenta y cinco p.m, el teniente coronel Belaúnde despidió al personal que estaba en la antesala e hizo pasar a su despacho al suboficial principal Sepúlveda. De pie y fumando junto a la ventana, se encontraban el mayor Fontana y el capitán médico Terranova. En el sillón individual, el coronel (RE) Díaz Galván devolvía con un leve movimiento de cabeza el saludo que en primer término, y antes que al resto de sus superiores, el suboficial le brindaba con especial dedicación.
    A las ocho y cincuenta p.m, el padre Javier detuvo la marcha del Rastrojero frente al puesto uno del Batallón de Ingenieros de Montaña. El sargento Cáceres le informó que tenían órdenes de no dejar ingresar a ningún civil, y menos en este horario. Pero que por tratarse de un asunto importante iba a consultar al oficial de guardia.
   “El soldado Soto se queda con usted, padrecito, mientras yo voy adentro a preguntar”
    El par de minutos que demoró el sargento en acudir a la garita para consultar por el intercomunicador y volver con la respuesta fueron suficientes para que el soldadito que lo custodiaba, procurando mover mínimamente los labios y dando la espalda al puesto de guardia,  lo pusiera al tanto de la batahola  que había acontecido en la cocina del batallón.
         “Negativo, padre. Dice el oficial de guardia que si usted quiere puede mandarle al capellán Carrizo para acá, para el puesto uno  ¿Quiere que le diga que sí?”
    A las nueve cuarenta y cinco p.m finalizó la reunión convocada por el teniente coronel Belaúnde. El capitán Terranova y el suboficial Sepúlveda relevarían por órdenes superiores al oficial y al suboficial de guardia del día de la fecha.  Por su parte, el coronel (RE) Díaz Galván no regresó a su casa como tenía previsto. El tema debatido con sus camaradas lo había alterado y también excitado. Prefirió tomar el camino del puente para dirigirse a la casita del río. A esta hora las mocositas estarían dormidas y él merecía un agradecimiento por todo el sacrificio que hacía por ellas.
   A las dos y quince a.m, uno de los cadetes del cuerpo de bomberos voluntarios de San Agustín llegó en bicicleta hasta la casa de José “Garrafa” García y lo despertó para avisarle que se había desatado un incendio en la parroquia del pueblo.
 A las dos y veintidós a.m, el bombero voluntario García se espanta por las dimensiones que han cobrado las llamas que envuelven la capilla. Desespera y les repite a sus hombres que dirijan los chorros de agua hacia la base del fuego, que manden toda el agua que puedan hacia abajo, no hacia arriba. Pregunta a los gritos qué pasa con la autobomba de los milicos que no llega.
   A las dos y treinta y tres a.m, Garrafa y cinco bomberos más observan cómo el derrumbe de la construcción deja al descubierto, y coronado por un halo ardiente, el cuerpo deforme, extrañamente burbujeante y explosivo de lo que parece haber sido en vida el padre Javier.
   A las dos y treinta y cuatro a.m del día once de marzo, el cabo enfermero Lauría escuchó una detonación que provenía del ala de internación. Pero cuando quiso ingresar a la sala para saber a qué se debía el fenómeno no pudo porque las dos puertas de acceso estaban cerradas con llave y las ventanas trabadas. Sabía que el único ingresado a internación era el cabo Seguel, y que estaba amarrado y amordazado. Lo sabía porque ese trabajo lo tuvo que hacer él con el doctor Terranova. Por eso le extrañó que esa ala de la enfermería tuviera vedado el acceso. De allí que fuera a buscar al capitán para ponerlo en conocimiento de lo que ocurría y porque, además, era el único que tenía copias de las llaves del ala de internación.
   A las dos cincuenta y tres a.m, el capitán médico constató que el cabo Sebastián Seguel había muerto a consecuencia de un disparo de arma de fuego. Presentaba un orificio (con desgarro óseo-muscular) en el pómulo izquierdo y uno más pequeño en la nuca. El cadáver, a medio tomar en su mano izquierda, sostenía una pistola nueve milímetros con una cápsula servida.
  Al cabo Lauría le resultó sospechoso que las vendas que amarraban las manos de Seguel hubiesen sido liberadas por lo que parecía ser un corte de tijeras, o cuchillo, o algún elemento filoso.
-          Y además, mi capitán, el disparo parece hecho desde atrás. El que lo mató tiene que andar cerca –
-          ¿Y usted qué sabe de estas cosas?  ¿Es médico forense ahora? ¿No ve que el disparo vino de frente? Por eso tiene la cara destrozada –
-          Discúlpeme, mi capitán, pero este hombre estaba sedado y además apaleado en todo el cuerpo Es imposible que él haya tenido que ver con esto –
-          Cabo, limítese a cumplir con el procedimiento de rutina para casos como el que tenemos aquí. Mande el cadáver a depósito, higienice el lugar y deje por mi cuenta todo lo que tenga que ver con la investigación. Y mucho cuidado con enterarme que usted anduvo haciendo comentarios sobre lo que acaba de pasar en esta sala, porque le puede costar más caro de lo que se imagina. Sabe bien que en casos de muerte dudosa la información es clasificada. Yo mismo me encargo de dar parte a la guardia de lo ocurrido y de elevar el informe correspondiente ¿Qué suboficial está esta noche de guardia?-
-           El principal Sepúlveda –
-          Bueno, me lo va a buscar y no deja que nadie, repito, nadie ingrese a esta sala ¿Comprendido?-
-          Comprendido, mi capitán –
-          Y una última cosita. La ropa de cama y el colchón me los mete en el incinerador. Continúe y cumpla con lo que se le ordena –
    A las siete y veinticinco a.m, y luego de la formación en la plaza de armas, el capitán médico José Alberto Terranova finalizó el informe correspondiente a la muerte del cabo Seguel y se lo presentó en mano al teniente coronel Belaúnde.
   A las ocho a.m, el teniente coronel Belaúnde le daba instrucciones al mayor Fontana para que efectuara los trámites pertinentes al deceso del cabo Seguel.
  A las ocho y doce a.m, el mayor Fontana informaba al teniente Bialet sobre la funesta novedad del día y lo instruía para que diera curso a las acciones propias de estos casos: comunicar la mala nueva a los familiares del occiso, a sus camaradas de armas, a la tropa, y que dispusiera los arreglos del funeral.
  A las ocho y veintidós a.m, el teniente primero Bialet le repite al suboficial principal Sepúlveda las instrucciones recibidas y le ordena que a las nueve a.m forme a la tropa frente al pabellón.
   A las ocho cuarenta a.m, el sargento Vidal le ordena al soldado Valdez que deje de limpiar las letrinas y que se aliste para formación, que ya le levantaron el arresto.
   A las nueve y seis a.m, y después de informar a la compañía sobre la muerte del cabo Seguel, el trompeta de turno toca Silencio, mientras el suboficial Sepúlveda arría el pabellón a media asta.

   Levemente se ondea la celeste y blanca porque apenas va flotando la pompa de nubes grises que busca oscurecer la mañana.
  Fresco el aire, casi frío el que llega por debajo a San Agustín y que agrupa nubes y más nubes en el cielo.
   Casi helado el viento que ahora sacude con fuerza a ese sol dorado que se dobla y redobla entre los pliegues de una franja blanca.
    Áspero el aire en la cara de los hombres que, geométrica e impecablemente formados bajo un techo ya plomizo, guardan silencio y esperan inmóviles por la orden que los devuelva de un estado de conmiseración impostada al habitual de la  rutinaria castrense.
   A las nueve y quince a.m, el teniente Bialet ordena romper filas y continuar con las tareas programadas.
   A las nueve y veinte a.m, el soldado Valdez entiende que la orientación del viento y la descomposición del clima no anuncian otra cosa que lluvia sobre San Agustín. Pero Elciro ya no se preocupa tanto por la mojadura que ello representará en sus noches de guardia o por el barro que sobrecargará su calzado. El soldado chaqueño sabe, porque el mayor Fontana ya se lo ha comunicado a toda la compañía, que la próxima tanda de baja  corresponde a  la clase ’61.  
 Al chaqueño le queda poco por qué preocuparse y mucho por olvidar, como este día horrible con el que cada dos por tres los suele castigar el clima patagónico. Tal vez como le había dicho Raúl, uno de los compañeros más confiables que pudo conocer en su penuria militar, el mal tiempo se deba a las muchas almas que cada tanto se largan a llorar desde arriba. 
      “Alguien está haciendo mal las cosas aquí abajo. Por eso los finaditos te lo recuerdan de esa manera”
    Y Elciro entiende que sí, que hoy la cosa se justifica y que el agua será para rato. Tal como parecía suceder aquella noche de perros en la caja del unimog, cuando iban los tres bajo la lona verde oliva y sólo dos se espantaban por el clima, por la noche y por el silencio.
 
  

martes, 30 de octubre de 2012



9. SABER QUEMARSE

     No podría hallarle una explicación al repentino interés que esa mujer mostró por mí cuando Anibal Degot nos presentó en la quinta. Más aún cuando al día siguiente  llamó para citarme en Marceau, un bar de Palermo. Un local discreto en su fachada pero con interiores lujosamente decorados. A pesar de lucir detrás de la barra una foto mural del mimo francés, el local no contaba con ninguna otra referencia del gran Marcel.
   - No me llames así. Mercedes me cae mal. Es nombre de vieja. Prefiero Mechi. El apellido dejémoslo para otro día. Me decía Anibal que naciste en la Patagonia. ¿Viste?, por algo dicen que soy media bruja. Ya intuía que teníamos cosas en común. Así que mejor hablame de vos. Contame de tu vida - 
   Poco me costó recrear la impactante belleza que hubiese ostentado Mechi durante su juventud. Curvilíneamente delgada, rubia, ojiverdosa, de movimientos medidos y de mirada penetrante. Durante nuestro encuentro en Marceau, sus ojos se tornaban brillantes y húmedos cada vez que tomaba la palabra. Pero cuando era su turno de escuchar, entrecerraba los párpados y se recostaba sobre el sillón del reservado. Parecía adoptar una pose de fiera contenida, de animal herido que espera un error de su adversario para abalanzarse. Me incomodaba su actitud. En realidad lo que más me perturbaba era la manera en que sus ojos se posaban sobre los míos. Me costaba sostenerle la mirada y, al mismo tiempo, desviar mi atención de su boca y de sus piernas bronceadas. Ninguna de las partes de su cuerpo revelaba esas odiosas marcas que las mujeres maduras se obsesionan por ocultar. Al contrario, su piel era un territorio exquisitamente moldeado sobre la curvatura más perfecta que una mujer podía lucir en la cumbre de su sexualidad.  No podría precisar la edad de esta mujer que ahora descruzaba sus piernas para acariciárselas lentamente; desde el tobillo a la rodilla y de la rodilla al tobillo, una y otra vez., sin quitar sus ojos de los míos.  Desde luego que me llevaba una notable ventaja en cuanto a experiencia de vida. Pero con el transcurso de la conversación ese detalle dejó de ser un elemento de presión y pasó a ser motivo de atracción por excelencia.
   Mechi había nacido en un pueblo de la Patagonia, pero sólo residió unos pocos años allí. No tenía prácticamente familiares cercanos con los cuales relacionarse. A su madre no la trataba desde hacía “Un siglo. Una guacha mi vieja. Nos abandonó a mi papá y a mí por un viajante de mala muerte…Sí, tuve una media hermana y dos sobrinitas que murieron en un incendio…No. Fue hace mucho. No te lamentes porque ya pasó”   
    De su padre sólo mencionó que criaba caballos. Él también había muerto “Unos días después de lo que le pasó a mi hermana ¡Bah!, a mi hermanastra. Un infarto. Yo justo había regresado a Buenos Aires para retomar la carrera de arquitectura. Y, bueno, a los veintiuno logré que un abogado, el que después fue mi marido, me hiciera beneficiaria absoluta de las propiedades de mi viejo. Y al poco tiempo me casé… Un inútil...Una mala experiencia que duró poco. Como su familia tenía un campo en Pergamino, se dedicó más a las vacas que a mí. Bueno, basta. No hay mucho más para decir ¿Y vos estás en pareja? Hablame de tu corazoncito que eso me interesa. Te vi tan triste en la quinta cuando Anibal te dio ese sobre. Pero dale, contame, ¿qué es lo que te preocupa tanto para tenerte tan apagado?”
   Cuando le di a conocer los motivos por los cuales me había puesto en contacto con Degot, y que de allí derivaba mi presencia en la quinta, Mechi dejó de comportarse como la hembra felina que se venía insinuando. Recompuso su postura. Se acomodó en el sillón del reservado y adoptó una mirada inexpresiva pero sumamente atenta al relato que iba ofreciéndole. La degradación de la mujer fatal que hasta hace unos segundos se alzaba desde la penumbra del bar la transformó de manera notable, hasta recluirla en otra mucho más recatada e inofensiva.
  En cuanto a mí, el cambio que operaba en ella fue devolviéndome la tranquilidad y el control que mi ego requería para sortear con dignidad la situación de apremio a la que estaba siendo sometido. Sin duda que algunos de los nexos que me ligaban circunstancialmente a Degot la habían perturbado ¿Pero qué aspecto de mi relato hubiese podido conmover a esa mujer que apenas me conocía y cuyo círculo de amistades estaba años luz del universo que hubiese podido contener la historia de vida de mi padre?. Algo en esa mujer, en su mirada ahora esquiva, me decía que su mundo interior reservaba un interrogante que podría aproximarse a lo que yo buscaba. El ser íntima de Degot y haber compartido ese mediodía junto a personas allegadas a quien fuera amigo de mi padre, la hacía portadora de un interés especial. A lo mejor ella también vivió en carne propia las consecuencias que supo padecer su generación durante la dictadura militar. Indudablemente, había algo en el archivo personal de Mechi que la perturbaba, y esa era una buena señal para mí.
               - ¿Cómo lo conocí a Anibal?  Un ex socio de mi ex marido nos presentó... Mauricio, mi ex, se prendió con la exportación de artículos de cuero a España y, bueno, entre esos cruces de gente que se da por ahí, terminamos cenando junto a otras tres parejas en su casa de Madrid. De allí en más, cada viaje que hacíamos con Mauricio a Europa lo aprovechábamos para reencontrarnos. Anibal sufría mucho el desarraigo. Pero no sé si hizo bien en volver. Hay cosas del pasado que no se recuperan y que es imposible reemplazar -
            - Creí que él se dedicaba a la docencia. Bueno, con mi viejo estudiaron juntos y, hasta donde sé, una vez radicado en España, Anibal dictó alguna que otra cátedra en la Complutense  ¿Nunca te habló de sus compañeros del CONICET? –
           - Esto que te cuento de nuestra relación con Anibal fue a mediados de los ochenta. El mundo cambia y la gente también ¿Vos acaso sos el que eras a los veinticinco, o a los veinte, o a los doce?
           - Yo sí. Nunca necesité cambiar ¿Y vos cómo eras a mi edad? 
           - Nunca tuve tu edad. Pasé de los veintiuno a ser esta mujer…¿madura debo decirte?, que soy ahora –
                 - ¿Y a qué se debe ese límite de “a los veintiuno”? ¿Sucedió algo en particular?–
          - … -
          - ¿ Alguna historia dura? –
          - Digamos que algo así. Es más complejo de lo que suponés. Seguí contándome de vos, dale–
         - No, nada. Estoy interesado en ese límite: los veintiuno. Me gustaría saber los motivos del trauma que te marcó semejante frontera ¿Tenía nombre y apellido? –
         -¿Qué cosa?
          -  ¡El trauma! ¿Cómo se llamaba? ¿Fue un novio, un amante, una relación prohibida? O a lo mejor tiene que ver con la época. Fines de los setenta, principios de los ochenta…-
          -  Dejalo ahí que vas a terminar diciendo pavadas ¿No sabés que el pasado de una mujer es imposible de invadir. Y menos por un hombre. Creí que eras más discreto e inteligente para manejar a alguien de mi calibre –
          - Diculpame la inocencia, pero no soy yo quien está manejando al otro en esta circunstancia tan…particular –
          - Bueno, ahora sí me está resultando interesante la conversación. El hecho de que se plantee en esta circunstancia tan particular un supuesto clima de…(¿te gusta si cambio manejo por seducción?...Estás de acuerdo…Mejor entonces) Digo, el hecho de que una circunstancia tan particular se interprete como estrategia de seducción por la parte que le toca a la mujer, es típico de la lectura monolítica que ensayan los hombres en situaciones como éstas -
          - Mechi,  ¿por qué no te dejás de joder y me decís por qué estás haciendo todo esto? –

   Ni en un hotel ni en mi departamento. Quiso que fuéramos a su casa, a un coqueto piso con vista al jardín Botánico. Me pidió que por favor no encendiera las luces de la habitación y que la disculpara un momento, que iba a buscar algo y que volvía en seguida. Regresó portando una bandeja con media docena de velas rojas. Las colocó en el suelo, rodeando la cama, y me ordenó que guardara silencio. “Obedeceme  y te prometo que no te vas a olvidar de esta noche”
  Mechí volvía a transformarse en esa mujer fatal que se revelara en el bar y que ahora se pronunciaba acechante tras unos ojos increíblemente luminosos. Luego se despojó del vestido y me pidió que la apoyara de espaldas contra la pared. Que le hiciera lo que tuviera ganas pero sobretodo que la hiciera desear. Obedecí disponiendo de todo lo que mis manos y mi boca sabían cuando una mujer se entregaba de esa manera. Mojé mis dedos en ella y supe de su íntimo sabor, del aroma que cubría las partes más delicadas de su cuerpo, al tiempo que ella buscaba entre mis piernas lo que decía ser suyo, hasta que acabara cuándo, cómo y dónde me lo ordenara.
  Nos besamos con desesperación y brutalidad hasta que pasamos a la cama.
   “Vos no. Yo te saco la ropa y después te quedás así, desnudo y bien alzado, mirando lo que voy a hacerte. Vos de espaldas y sin tocarme, y yo de pie sin quitarme la bombacha. La bombacha me la vas a arrancar cuando yo te lo pida, cuando ya no des más. Pero ahora mirame a los ojos. No dejes de mirarme. Así mirame. Siempre así ”

    Sobre la vereda del Botánico una mujer regañaba a su hijo. El chico tenía una pelota amarilla bajo el brazo y  no prestaba atención a lo que su madre le decía. Prefería observar lo que ocurría sobre la rama de uno de los árboles que se asomaba por sobre el enrejado. Sin duda se trataba de una disputa entre gorriones. Finalmente y ofuscada por la indiferencia de la criatura, la mujer optó por tomarlo del brazo y llevárselo a la fuerza. Pero el chico nunca quitó la mirada de la copa del árbol. Incluso mantuvo los ojos puestos en el follaje mientras cruzaban la calle y se perdían de mi ángulo de visión.
  La facilidad con la que nuestra atención se dispersa cuando somos niños es algo asombroso. Y más aún cuando el centro de interés es captado por un fenómeno natural inesperado. O como lo fue en mi caso cuando tenía seis años y tuve que presenciar cómo una camioneta arrollaba a mi perro Toni, a escasos centímetros de donde me encontraba jugando. No recuerdo el tirón de cabellos que dice haberme aplicado mi abuela para regresarme a la vereda, ni la violenta discusión de mi abuelo con quien conducía el vehículo asesino. Recuerdo con claridad las vísceras de Toni desparramadas sobre el asfalto, el delta de sangre que desagotaba en la alcantarilla y la mueca casi risueña del cadáver de mi perro con la lengua retorcida. Era mi primera experiencia con una muerte violenta y nada de lo que rodeaba ese entorno forma parte de mi memoria. Sólo la imagen física de la muerte y el morboso recuerdo de haber experimentado algo inexplicable.
    “¿Qué mirás con tanto interés? –  Preguntó Mechi mientras corría el cortinado del ventanal – Mejor lo cierro porque entra mucha luz. Me molesta el sol por las mañanas…¿Qué pasa? ¿Qué te quedaste pensando?... Conmigo está todo bien. No tenés que inventar nada para disculparte. Si querés podemos vernos otro día, o nunca más. Como prefieras. Yo la pasé muy bien y no me molestaría repetir. Pero no tomes esto que te digo como una presión. Odio los compromisos. Ya conocés mi casa, tenés mi número de celular y sabés que los lunes a la tardecita acostumbro parar en Marceau. Así de simple es esto. Ni la más perra de las pendejas que conocés puede hacértela tan fácil -
    Calculé por el cabello húmedo de Mechi y por el aroma a café que provenía de la cocina que mi estado de meditación frente al ventanal me había abstraído un tiempo considerable de la realidad. Ella insistió en que le contara qué era lo que observaba en la calle con tanto interés. Pero sin premeditación ni explicación dejé de lado la anécdota del chico con la pelota y le hablé, como si fuese eso lo que estaba meditando, sobre mi última visita a San Agustín.
   Al avanzar mi relato presentí un estado de fastidio en Mechi. Hasta me dio la impresión de que adoptaba una falsa actitud de indiferencia mientras servía el desayuno y terminaba de vestirse en la cocina. A pesar de ello aboné la recreación de aquellas imágenes abundando en exageraciones. Incluso inventé sectores del pueblo que no existían, lo que la descolocó y la llevó a interrumpir mi relato.
     “…Bueno, para mí era una iglesia perfectamente conservada  -le dije alzando el tono de voz- La cruz del campanario rozaba la superficie del lago y hasta pude tocarla. Fue realmente impresionante estar allí…¿Y vos cómo sabés eso? Quien te lo haya dicho está equivocado. Hasta donde averigüé, nunca hubo un incendio en San Agustín… Si me podés dar el nombre de esa persona estarías haciéndome un favor. Podría ser un contacto importantísimo para mí…No hay dato menor en este tipo de investigación. Todo suma y va llevándote a nuevas hipótesis. ¿Quién es esa persona que conocés?”

     Todos ocultamos fracasos o daños injustos en nuestra historia. Tibios rescoldos de lo que alguna vez supo quemar recuerdos ingratos del pasado. Pero ningún sufrimiento antiguo acaba por apagarse del todo. Si así fuera, ello precipitaría nuestro instinto de vida.  Todos sabemos quemar lo que duele, lo que ya no se soporta cuando el alma llora algún tormento y la vida nos ciega la palabra que podría sanarnos. Por eso, en algún punto de su ser, los ojos de Mechi querían decirme que existía algo grave en su corazón, alguna derrota que aún se mantenía tibia y en cierta manera la estaba quemando a perpetuidad. Pero también era evidente que guardaba algo que la inhibía de revelarme eso que la apremiaba y que yo necesitaba escuchar.
   El detalle de la iglesia que improvisé en el relato y el descrédito hacia la fuente que aportaba Mechi sobre el incendio en San Agustín desataron una grave discusión entre nosotros; discusión que ella acaparó de manera exacerbada. Me atemorizó la impronta que se apoderó de su impaciencia y la violenta reacción para con las tazas que se encontraban sobre la mesa. Los insultos hacia mi persona y hacia la memoria de mi padre me desconcertaron. Estuve a punto de estallar, ya que esta mujer no dejaba de gritar, de arrojar objetos contra el suelo, de basurearme y de despotricar contra su familia. Lloraba presa del descontrol emocional y entrecruzaba frases incoherentes.  
    “- ¡Pendejo caprichoso! ¡Guacha de mierda! Que siga ladrando nomás que la voy a reventar como lo hice con esa puta. Y vos, más vale que te vayas. ¿Dónde estabas cuando los vi aquella noche? ¡Andate y no vuelvas a pisar esta casa!... No, no, perdoname mi amor. Mejor quedate y perdoname para siempre. Pero primero tapá el espejo ¿La ves? ¿Ves cómo aparece con las dos chiquitas?  No quiero verlas más. A ninguna de las tres. Apagá la luz y no las mires. No las mires porque si no no se van. Se quedan ahí, al pie de la cama y me espían. Abrazame ¿Sabías que yo una vez te vi de chiquito y me diste lástima? Ahora no me das lástima, me das ternura. Olvidate de las barbaridades que dije. Quiero que te quedes y que me des como me diste anoche. Mi viejo no va a venir, no te preocupes…Dale, vamos a la cama. No me sueltes y quedate conmigo. Ahora cerrá la puerta y arrimá una silla al placard. Buscá en el compartimiento de arriba…Ahí, del lado izquierdo, detrás de esa caja de ropa…Eso es. Bajala con cuidado que tiene un bracito medio suelto. Viste qué linda es. Yo le renuevo todas las semanas las bolitas de naftalina. Tienen olor a frutilla ¿Sentís? Lo hago para que esté siempre limpia y perfumada. Es la única que me quiere y que me escucha ¿Vos tenés una: una como ésta?...Claro, seguro que no porque es única. Lástima que todavía no le puedo coser el ojo que le falta porque no encuentro el botoncito justo ¿Vos crees que le dolerá vivir así, mirando de un solo lado?”
  
  
  

 
 


10. FAUNA TERCA

     Ambos hombres están separados por un magnífico ejemplar de alazán. El hombre mayor parece estar dándole indicaciones al más joven, el que no deja de cepillar al caballo mientras lo escucha. El hombre mayor usa el cabello corto y viste ropa de combate. Sin dejar de hablar, señala una ondulación de terreno que se alza del otro lado del río. El joven observa y asiente con un movimiento de cabeza. De repente, una chica de cabellos claros irrumpe por detrás del hombre mayor y de un salto se le sube a horcajadas por la espalda. El hombre gira inútilmente con el afán de librarse del sobrepeso que lo pone en evidencia frente a un grupo de peones que está avanzando en los preparativos de un asado. El joven abandona su tarea y observa a la pareja. El hombre mayor se exaspera. Ella ríe a carcajadas. El muchacho deja el cepillo en un balde y acaricia las crines del caballo. La chica, con agilidad felina, vuelve a tierra, besa en la mejilla al hombre mayor y monta sobre el animal. 
  Desde la ventana de la casa que está próxima a la escena, otra joven, no rubia, con una niña en brazos y otra a su lado, también los observa y ríe. Por un instante, una vez que el muchacho ha montado por detrás de la rubia y el hombre mayor no logra apaciguar su enojo, ambas mujeres cruzan miradas e inmediatamente dejan de sonreír. Una se recuesta sobre el cuerpo de su compañero de monta. La otra no abandona su punto de atención. El hombre mayor empuja a la amazona hacia adelante y vuelve a señalar el mismo punto geográfico que había marcado al principio. El jinete toma las riendas por debajo de los brazos de su compañera. La otra no abandona su punto de atención. El hombre mayor vuelve a empujar con menos cortesía a quien lo desobedece y a señalar con énfasis la colina. Una vuelve a mirar hacia la ventana. La otra, a pesar de que la niña más grande le reclama que a ella también la cargue en brazos, no abandona su punto de atención. El hombre palmea violentamente las ancas del caballo y voltea hacia la casa. La otra no abandona su punto de atención hasta que el alazán corta camino por la alameda y se pierde tras la curva del río que ocultan los sauces.
   El hombre, molesto por la ridícula escena que le ha tocado protagonizar, se dirige con dureza a los peones que están rodeando con brasas una serie de cuatro asadores. Junto a éstos y bajo la sombra de una tupida parra, hay una mesa de tablones dispuesta para veinte comensales y un cartel que lo cruza por lo alto: Feliz cumpleaños Mechi.  La otra se aleja de la ventana para acostar a la niña que se ha quedado dormida y para atender a la mayor. Luego se dirige al baño para refrescarse. Siente un leve vahído. Se moja la cara varias veces y amarra su cabello con una cinta. No se mira en el espejo. No ahora que pudo leer eso que vio en los ojos de la otra. No ahora que los peones han dejado unas vísceras de cordero sobre la mesada. Ni el espejo ni el triperío gelatinoso quiere ver.
   El sonido de un vehículo que se aproxima a la casa la devuelve a la ventana. Es un jeep con tres soldados. Reconoce al gordo Sepúlveda, quien se aproxima a los asadores y habla con el hombre mayor. Discuten. No, no discuten. El hombre se enfadada por haber sido importunado un domingo y en el día del cumpleaños de su hija. Ella alcanza a escuchar un nombre: Montana o Fontana, y nota que el gordo cede ante la reprimenda del hombre mayor, el que cambiando bruscamente de humor le señala con orgullo los caballos que tiene en el corral. Pero ninguno de los tres admira la tropilla porque el aroma y el delgado humo de la carne asada desvían su interés. Por eso el hombre los despacha y el vehículo retoma la huella que los condujo hasta el frente de la casa.
   Ella observa el cielo. Una tímida acumulación de nubes pomposas va cubriendo parcialmente el sol. Son pequeñas pero “de pancita negra”, como le decía su madre. Señal de que esta noche va a llover. Aunque recién haya comenzado febrero, los caprichos del clima cordillerano pueden  transformar el mejor de los veranos en el peor de los otoños. A ella no le gusta la lluvia. La nieve sí. Hasta le parece más bondadosa la vida cuando el blanco predomina sobre San Agustín. Pero la lluvia no. Los recuerdos más tristes de su vida están asociados con el mal tiempo, con el barro y con la incomodidad que trae consigo el agua. Todo se altera cuando el clima es adverso. Cuando el cielo se cubre y el período de precipitaciones se instala sobre la región, cada hogar de San Agustín tiene que mantener encendidas las luces en pleno día. Los animales, la mayoría de los que pueden verse en las chacras y en las calles, sufren el frío de la mojadura sin un reparo decente. Igual que los conscriptos que montan guardia en pleno descampado, apenas protegidos por un casco y un capote. Ella recuerda a uno en particular; a un soldadito de baja estatura y de cabellos negros y gruesos. Pertenecía a una camada de conscriptos norteños. Lo habían comisionado para que le llevara un par de bolsas de cemento al coronel Díaz Galván. A pie y al hombro, el muchacho cargó una primero y otra después, desde el batallón hasta la casa del superior. En el transcurso del recorrido comenzó a llover, y al llegar, el coronel le ordenó que esperara en la puerta porque tenía los borceguíes muy embarrados como para entrar a su casa. Ella, desde la cocina, pudo ver cómo el soldadito mantenía su posición con el cemento al hombro y bajo el aguacero. Así por alrededor de veinte minutos. Hasta que el coronel le llevó una carretilla y le dijo que pasara la bolsa para el patio del fondo.
   Sin que ella lo hubiese visto venir, el hombre había ingresado a la casa y preguntado por la niña más grande “No, a vos no. A Cristinita la vengo a buscar…Dale, vení que vamos hasta lo de Zaldúa, que nos prometió un par de cajones de fruta”.
    Le daba escalofríos ver cómo la manito de Cristina se hacía invisible dentro del puño del hombre mayor. Cómo la subía a la camioneta y cómo la ubicaba en el asiento del acompañante. Ella sabía lo que era estar ahí y en el mismo lugar que tuvo que ocupar hacía… ¿Cuánto…doce, quince años atrás? El plano de lo real se repetía pero recreando desde distinto ángulo una historia ya sufrida por ella. Ahora revivía ese mismo episodio pero desde un punto de vista testigo, como una espectadora que presencia desde el reverso la escena previa de un final cantado.
  Volvían los vahídos y las imágenes tortuosas. Confusos los pantallazos de rostros familiares que aparecían y desaparecían, de frases truncas, de gemidos de gozo y de asfixia. Un disparo. No, dos y el olor rancio a kerosene quemado. Volver a mojarse la cara y no mirar ahí, ahí contra la pared del baño y  sobre la mesada. Ya lo vio y ya lo leyó en ese cruce turbio que mantuvo con la otra. Mejor alzar a la niña que se ha despertado y que la observa de pie, tomada de la baranda de la cuna. No llora Macarena, la de los ojos de luz. Negros brillantes. Redondísimos e intensos. “Azabache”, le había dicho el maestro González cuando la fue a visitar. Parecidos a los de los angelitos españoles que le quiso regalar. Pero a ella le cayeron mal las estatuillas. Le impresionaron esos ojos de cerámica tan exageradamente abiertos.
    “Parece que me estuvieran vigilando. Me dan cosa, no sé. Yo se lo agradezco mucho, maestro, pero por qué no se los regala al padre Javier. A mi me puede comprometer, ¿vio? Usted ya sabe”
      Cada vez que su mirada se cruzaba con la de su hijita, lo veía a Mariano y recordaba cada momento de esa única noche en la que ella fue suya. La noche en que su piel se sintió abrigada y que supo lo que era temblar por amor. Volvió a esa boca que se abría deseosa porque recibía el alma que la otra le daba en el beso. Repitió con sus dedos el trazo de una lengua que la midió desde el borde más sensible de su piel hasta la hondura más abierta de su corazón. Caía una lágrima sobre su pecho y el breve estallido de la gota hacía que sus ojos relumbraran  en el azabache de su mirada.
  Los ojos de la niña eran el alma que él había encarnado en su sangre para siempre. Pero él no debía saberlo. No por lo menos ahora. Si lo supiera, ¿cómo reaccionaría el hombre? ¿Cómo escapar de lo que el viejo hubiese entendido como una traición y como una falta de lealtad por parte de ambos? Mejor callar lo que aún no puede decirse y esperar a que el destino envíe alguna señal. Cerrar la puerta del baño y mandar a uno de los muchachos a que retire los desechos que han quedado sobre la mesada. Mejor no ver lo que aún no se debe.
  Arriba el cielo parece agonizar sobre el mediodía del paisaje. Mala señal este inoportuno regodeo de nubes. Para colmo, los que debieran estar aquí se están demorando más de  lo previsto. Entonces ella vuelve a la ventana con la niña en brazos y deja que sus ojos se fijen en las colinas que se alzan del otro lado del río. Allí, sobre el filo más suave de la elevación, un caballo se ha detenido a pastar. Sólo se muestra el alazán con su montura, mordisqueando las pocas raíces de un suelo magro y virgen.
   Alarmado por una presencia que no logra ver pero que intuye, el animal deja de comer y alza la cabeza. Mira hacia este lado, hacia la ventana de la casa. Como si la mujer o la niña le estuviesen por decir algo que él debería saber, a pesar de la distancia y de la soledad que los emparenta. Pero no es nada.  Todo está tranquilo. El caballo vuelve a lo suyo y aquí no ha pasado nada. Nada más cierto que la duda que hace temblar a quien cree ver lo que ya sabe.
 
  
 






miércoles, 24 de octubre de 2012



7. ALFA PUMA

   “¿Otra vez con lo mismo, Sepúlveda?... Y qué carajo me importa que a usted le haya tocado guardia justo hoy. ¿Por qué no le dice al mayor Fontana que tome la decisión? ¿Viene un domingo hasta la chacra para joderme con eso? ¿No ve que tengo a mi gente preparando el asado?…Sí, me enteré que ese resucitado anduvo por aquí la semana pasada… ¿Ah, no se fue?...No diga pavadas, si ese tipo no agarró nunca ni una gomera…El cura tampoco…Sí, a mi también me tiene las pelotas por el piso. Él, el obispo y  toda la mariconada que anda metiéndose en lo que no debería. Pero de ahí a que otra vez pretenda...Entonces dígale a Fontana que pida órdenes y que ejecute según instrucciones...Retiro activo significa que ya no tengo participación directa en asuntos castrenses ¿Me entendió?...Bueno, si el comando no lo emite por escrito sabrá por qué lo hace…Entonces que Fontana ponga los huevos donde los tiene que poner y que actúe con el criterio que un oficial de su grado tiene que tener. Ahora, si la cosa no da para más y hay que resolver como usted ya sabe, le aconsejo que la comisión se cumpla de inmediato. Ya se le dio aviso una vez y parece que no escarmentó. Entonces proceda como se ha hecho hasta ahora con casos de este tipo ¿Comprendido? Ya que está aquí, Sepúlveda, dígame qué le parece el pingo. Estoy por llevarlo a correr a La Plata. A éste y a la yegüita me los trota Mariano…Sí, buen cuidador. Si hasta hizo que a Mecha le gustaran los caballos…Sí, flor de gauchito el pibe. Laburador, obediente y discreto, como debe ser. Vaya nomás y después me cuenta cómo terminó el asunto”

   Elciro Justo Valdez había asistido hasta el tercer grado de la escuelita de Agua Terai, en su Chaco natal. Sólo hasta tercero porque para su padre era imprescindible contar a la brevedad con ayuda laboral en la familia. Que un hijo terminara sus estudios primarios era un lujo que ellos no podían darse. Y tener a favor un par de manos más para trabajar el campo de los Álvarez era una ayuda que no tenía precio para la economía familiar.
   “Hace bien, Valdez  - le decía su patrón- ¿Para qué lo va a seguir mandando a la escuela si a este no le va a dar la cabeza para terminar la primaria? Ya sabe leer, escribir y hacer cuentas. Ahí nomás. Suficiente para él y para usted. Además, tarde o temprano va a terminar trabajando en éste o en otro campo. Es así nomás. Aquí si no se mete la mano en el algodón no se llega a nada. Hizo bien Valdez, pero vayamos de a poco. Déjelo que empiece estibando bultos chicos y el mes que viene lo pone a trabajar con las plantas”
   Para Elciro y sus hermanos, viajar una vez por mes hasta Roque Sáenz Peña constituía su más deseado y enriquecedor pasaje hacia el mundo de la opulencia y de la enormidad. Por eso cuando el patrón del algodonal donde Elciro trabajaba le dijo que de acuerdo al número de sorteo le había tocado Tierra, sintió que el repiqueteo del corazón le anunciaba buenas nuevas.
   “Quiere decir que vas a hacer la colimba en el ejército. Si te tocaba entre cero y doscientos te salvabas. Pero con el trescientos diez vas de cabeza. Fijate acá, en la tercera columna…¿Tu documento no termina en 020? Y bueno, mirá al lado: sorteo 310. Eso quiere decir que a todos los que tienen esa terminación en el DNI les toca ese mismo número. Es decir que estás adentro”
   Ramón José Valdez, el padre de Elciro, no pudo hacer el servicio militar por culpa de la vinchuca. El mal de Chagas lo había dejado huérfano de padre a los dieciséis años. Y como hijo mayor que era, tuvo que hacerse cargo de su madre y de cinco hermanos más. “Único sostén de familia” cataloga la ley esa situación particular; condición suficiente para quedar exceptuado de cumplir con la patria. Pero Ramón siempre recordaría esa instancia de su vida como una frustración y una mala jugada del destino. El servicio militar había sido la salvación para muchos como él que parecían estar condenados a cosechar algodón de por vida. De hecho, en el ’56, a su hermano Miguel le había tocado infantería de marina. Ramón todavía se emociona cuando recuerda la primera vez que lo vio llegar a Miguelito vestido de gala. Era verano cuando tuvo su primera licencia. El sol parecía descargar todo su caldo hirviente contra el campo y sobre las espaldas de la  peonada que metía mano en la plantación. Pero a él, con esa gorra blanca de escudo dorado al frente, parecía no afectarle en absoluto la hostilidad del clima. Hasta guantes blancos lucía y un cinturón con hebilla luestrosa que reflejaba la luz solar cada vez que su pie derecho avanzaba. Por las noches, y con más razón aún, Miguelito volvía a vestir el uniforme para variarse frente a las mujeres del pueblo y ganar favores sin demasiado esfuerzo.
   El impacto que causaba el infante ante el público femenino, más el hecho de dar testimonio verbal de su paso por Buenos Aires, lo convirtieron en el ejemplar amoroso más deseado del lugar. Después de esa licencia, sólo una vez regresó Miguel a Agua Terai. Volvió al año siguiente para comunicarle a su familia que se había enganchado como marinero de segunda y que la Armada lo destinaban a la base de Río Grande, en Tierra del Fuego. Ese día, Ramón comprendió que su hermano había tocado el cielo con las manos. Un cielo que, al menos para él, le sería inalcanzable. Por eso se alegró cuando supo que a Elciro se le presentaba la misma oportunidad que había tenido su hermano. No le importaba el arma que le tocara. Ejército, Marina o Aeronáutica daba lo mismo. Era la oportunidad única de ser alguien, de construir un futuro seguro y a salvo de la miseria, de la sequía y del hambre. Su hijo estaba salvado y eso era lo único que importaba.
   Nueve meses después del sorteo, el mismo Ramón acompañó a Elciro hasta Roque Sáenz Peña. Allí el ejército había dispuesto cinco camiones para transportar a los recién incorporados hasta la ciudad de Resistencia. Pero poco fue lo que pudieron apreciar de su capital los flamantes conscriptos porque el convoy llegó de noche y sólo los dejaron descender unos minutos para ir al baño. Luego cruzaron hasta Corrientes, donde los esperaba un contingente de reclutas más numeroso que el chaqueño. El tramo final del recorrido lo sufrieron bajo un clima de hostilidad absoluta por parte de la comitiva que los custodiaba. La reducida guardia que portaba cada una de las unidades les prohibía formular preguntas referidas a su destino. Finalmente, en Rosario, les comunicaron que abordarían un tren hasta Buenos Aires. Eso era todo lo que deberían saber por ahora.
   Elciro nunca supo cómo era Plaza de Mayo, viajar en subterráneo o recorrer la calle Florida, ya que a su llegada a la capital argentina una nueva columna de transporte lo condujo a las afueras de la gran ciudad. El descender en la terminal ferroviaria de Retiro, abordar otra vez los camiones del ejército y arribar al predio militar de Campo de Mayo fue una congestión masiva de gente, gritos, órdenes y empujones que lo desorientaron. Él, como el resto de sus compañeros litoraleños, ya no se animaba a formular preguntas. Ni siquiera a mirar a los ojos a ninguno de los suboficiales que los custodiaban.
  Negro ignorante, cabecita negra o tagarna eran algunos de los insultos que recibían los reclutas cuando no entendían una orden o cuando se demoraban en algunas de las maniobras que se les indicaba. Por eso Elciro se sintió aliviado cuando llegó la noche y les ordenaron dirigirse a la cuadra para higienizarse y dormir. Creía que lo peor ya había pasado. Después de tres días de viaje, maltratos físicos, vacunación, matrícula militar, rapadura a cero y un pan con mortadela como única cena, pensó que nada de lo que viniera después sería peor. Su padre le había asegurado que el servicio militar era lo mejor que podía pasarle a su edad. Estaba tranquilo y confiado. Su padre sabía por qué se lo decía. Había que tener paciencia. Eso era todo.
   Luego de cuarenta días de riguroso adiestramiento y orden cerrado, y sin conocer más allá de los límites de Campo de Mayo, a la compañía de Elciro le concedieron franco el fin de semana. Como el lunes partirían a su destino definitivo, el ejército los congraciaba con un par de días de diversión y descanso; oportunidad que el conscripto Valdez aprovechó para aceptar la invitación de dos compañeros porteños que lo llevarían a él y a su par de Corrientes a conocer buenas mujeres.
    “Mirá, Chaco, esto queda en Casanova ¿Sabés dónde es?... No importa, total vamos con Manija que es de ahí y conoce bien el puterío de la zona. Dame una luca vos y otra el correntino y quedamos hechos…Es que hay una entradita que garpar y unos copetines por adelantado para las minitas del cabarute…¿Cuánto tenés?...Tá bien. Dame lo que tengas. Entre compañeros no nos vamos a andar garcando”
   Un par de días más tarde, mientras estaban formados en la plaza de armas a la espera de instrucciones para conocer su destino, Elciro sentía que el olor rancio de la mujer que había compartido con el correntino se le pegaba en lo profundo del olfato. En realidad no podía atribuírselo a la humedad que había despedido ese cuerpo femenino o a la falta de higiene de la ropa de cama. Ni siquiera a los ocasionales roces de piel que cruzaba con su compañero cuando gozaban de la misma mujer. El olor que despedía el ambiente en su conjunto era lo que lo fastidiaba y lo ponía de mal humor. El mismo olor que meses después sentiría en la caja cubierta del unimog cuando sus superiores arrojaron el cuerpo, aún con vida, de ese hombre que el suboficial Sepúlveda le ordeno vigilar mientras iba por el otro, por el que había quedado junto al río Huancúl. La misma hediondez densa y pesada, agria y añeja lo agredía y lo descolocaba frente a la realidad. Esa inquietante presencia inmaterial lo hacía sentir detestable por dentro y por fuera, como contaminado de un mal que prescindía del mundo para atacarlo sólo a él.
   En la Patagonia también estaba su tío Miguel, el suboficial principal Valdez, al que sólo conocía por fotografías y por referencia de su padre. Tenía conocimiento de que su tío había despachado las últimas cartas desde Ushuaia. Seguramente, ahora que él también tenía como destino una unidad militar de la Patagonia, y más precisamente el Batallón de Ingenieros de San Agustín, podría encontrarse con él. Total, ese territorio no podía ser tan grande como para que no pudieran cruzarse en un abrazo durante algún fin de semana. 
   Una vez, cuando estaba en segundo grado, la señorita Carmen lo mandó a buscar tizas al aula de séptimo. Allí pudo ver un mapa de la república Argentina colgado del pizarrón. Aquella representación cartográfica no le daba la impresión de que su país fuera muy grande, pero sí que sus provincias estaban bendecidas por bellos colores. Le agradó saber que no toda la tierra argentina era marrón. Que había partes amarillas y verdes, y que los ríos eran celestes. No como el que pasaba cerca de su pueblo, que era oscuro y barroso.
   Años más tarde, cuando tendría unos doce o trece, Elciro acompañó al patrón a buscar kerosene a una estación de servicio. Sobre la pared de la oficina del encargado volvió a ver un mapa de Argentina. En esa oportunidad le pidió al patrón que le mostrara dónde quedaba la Patagonia.
   “Es todo esto. Desde este río hasta aquí abajo, hasta donde dice Tierra del Fuego. Mucho desierto y poca gente. Yo estuve una vez en Chubut. Hacía un viento y un frío de la puta madre. Tuve que ir a Trelew, a una fábrica textil. El tipo quería comprar algodón porque no sé que negocio de exportación tenía en yunta con el gobierno. Por suerte no hubo arreglo y no tuve que repetir el viaje  ¿Quién puede vivir en ese lugar tan frío y triste? Pero se ve que a tu tío le gustó porque no volvió más ¿Vos pensás  visitarlo alguna vez?”
   Elciro nunca pudo acostumbrarse al frío patagónico, tampoco al viento, al barro y a las larguísimas noches de invierno. En cambio a la nieve sí. Sobre todo cuando el cielo se emparejaba de un gris plomizo y la nevada comenzaba a desprenderse como aletargada. Le fascinaba seguir con la vista el revoloteo lento de los copos, hasta que terminaban posándose sobre las ramas de los cedros o sobre los techos de las casas. Pero por otro lado detestaba lo que acontecía después, cuando el paisaje blanco comenzaba a derretirse y el barro enturbiaba toda relación con la naturaleza. Además de incomodarlo, ese panorama lo deprimía. Hasta se volvía más frío el aire cuando la nieve recuperaba su estado líquido. Para colmo en las madrugadas de guardia, el barro hecho hielo en sus borceguíes le sobrecargaba el calzado y lo hacía torpe cuando debía recorrer extensos trayectos por el descampado del Batallón.

   Esa noche maldecida por la lluvia, antes de internarse en el bosque junto al reducido grupo de hombres que conformaban la patrulla de ataque, el mayor Fontana le ordenó al soldado clase ’61, Elciro Justo Valdéz, que se mantuviera alerta junto al camión. Que no emitiera el más mínimo sonido y que no provocara lumbre alguna “Ni linternas ni cigarrillos encendidos”. Que si la lluvia no lo dejaba ver con claridad, que se protegiera debajo de cualquiera de los pinos que estaban junto al camino. Pero que de ninguna manera se alejara más de diez pasos del vehículo “Mire que Sepúlveda y Carranza vienen conmigo. Así que, le encargo la custodia del unimog ¿Comprendido? Quítele el seguro al Fal y abra bien los ojos”
  Al soldado clase ’61 le fue difícil calcular el tiempo que transcurrió desde que escuchó los disparos hasta que, por fin, vio regresar a la patrulla del mayor Fontana por el bosque que daba al faldeo del río. Esos minutos le resultaron eternos. Excepto el golpeteo de la lluvia contra el casco y el capote, nada a su alrededor emitía el más fino sonido. El soldado Valdez buscaba una referencia entre las sombras: un reflejo, un haz de luz que le permitiera dar rumbo al temor que comenzaba a superarlo. Entonces quiso guarecerse debajo del enramado más próximo. Por un lado, para soportar mejor la lluvia, y por otro, para ocultarse del mundo, o al menos del temor que ya empezaba a dificultarle la respiración.
   El soldado Valdez no llegó a apoyar su espalda contra el tronco del árbol para sentirse más seguro. El sobrerrelieve de una raíz, o de una rama a medio enterrar, o el borde de una piedra semioculta, hizo que su cuerpo diera de frene contra la dureza de un suelo que comenzaba a volverse inconsistente por efecto de la lluvia. Como consecuencia de la caída, el conscripto Valdez perdió el casco, el fusil y el Seiko que le facilitara en tres pagos al cabo Seguel. Seguramente sus pertenencias no estarían muy lejos, debido a que las condiciones actuales del terreno eran pésimas para que cualquier objeto pudiese desplazarse. A lo mejor el casco podría haberse alejado un poco más, pero no el resto de sus cosas. De manera que habría que buscar con más atención en los próximos dos o tres metros a la redonda. De última, el reloj vaya y pase: podía regresar por la mañana y buscarlo con más detenimiento ¿Pero el FAL? ¿Cómo podría no encontrarlo y presentarse así, desarmado frente a su mayor?
   A medida que se arrastraba y palpaba el terreno, el soldado Valdez contaminaba pánico con desesperación. Frotaba una vez la mano derecha y otra la izquierda sobre el suelo barroso. Avanzaba hasta dar de cabeza contra otro árbol, pero no encontraba nada, sólo ramas y pequeños charcos. Entonces volvía sobre sus pasos y ensayaba mentalmente la excusa que le brindaría al mayor cuando éste advirtiera que el centinela que dejó de retén había perdido propiedad del ejército. Y sobre todo el Fal ¿O él no sabía que el fusil era la novia del soldado, y que antes de abandonar o perder el arma era preferible dar la vida?  Pero el conscripto clase 61’ acababa de tocar algo con su mano izquierda. Algo que no era una rama ni una piedra. Era su fusil. Chequeó el mecanismo y controló que el cargador no se hubiese desprendido. Afortunadamente, el peine con los veinte cartuchos estaba correctamente encastrado. El alma le volvía al cuerpo y el pecho se le expandía aliviado. La calma llegaba como una bendición. Eso lo ayudó a ponerse de pie y a recuperar el sentido de orientación. Por último, cuando retomó el camino hacia el unimog, recuperó el casco. Todo estaba bien ahora. No había nada por qué preocuparse; ni la lluvia, ni la mojadura, ni esos disparos que había escuchado. A lo mejor era uno de los chacareros espantando comadrejas a escopetazos. Lo importante era reposicionarse como centinela al pie del camión y estar atento a la llegada de la patrulla.
    “¿Qué está haciendo, negro tagarna del carajo? ¿Le está apuntando a su mayor? Baje el arma y entre a la caja del camión que ya viene el suboficial y usted tiene que custodiar lo que se le va a comisionar ¿Qué mierda hizo con el Fal, lo revolcó por el barro? Mírese cómo está todo chorreado y sucio ¿Qué tiene en esa cara de mono: sangre? ¿Qué mierda se anduvo metiendo en la nariz que sangra tanto? ¿Se da cuenta que no sirve ni para retén usted? Ahora se me sube al camión y me cumple las órdenes que le manden sus superiores. Obedece sin preguntar nada y sin comentar con sus camaradas lo que pase con esta comisión ¿Comprendido? Y mañana, después de formación, me viene a ver y se presenta bajo arresto por amenazar a un oficial, por inútil y por negro mugriento”

    Cuando la patrulla de ataque arrojó el cuerpo sobre la caja cerrada del unimog, Elciro no pudo evitar relacionar ese sacudón con el que hacían las bolsas de papa que él estibaba sobre la F100 de su patrón. Seco y grave el ruido, como algo que retumbaba por última vez. Sólo cuando dejaron la huella que bordeaba el bosque y salieron a la ruta, Elciro pudo ver por un instante, gracias al cartel luminoso del parador El Jote, que el hombre que yacía a sus pies estaba tanto o más embarrado que él. La luz que alcanzó a filtrarse por unos pocos segundos entre las ataduras de lona del unimog le permitió determinar que se trataba de una persona que rondaría los cuarenta años.
   “Estaba muy estropeado, sí, por las lastimaduras y el barro, pero no parecía un hombre mayor. Tenía como cara de joven pero con arrugas en la frente. Le salía mucha sangre por el agujero que tenía en el cuello y respiraba como los sapos, ¿vio?. Como ese ruido a catarro que a uno le da cuando toma fresco al sereno. Cuando íbamos por la ruta no, pero cuando tuvimos que cruzar el campo la cabeza se le sacudía para un lado y para el otro, y más sangre le salía todavía por el cuello y por la boca. Yo iba sentado del lado izquierdo y el cabo del derecho. Al rato levanté los pies para que no se me mancharan los borcegos…Claro que tenía miedo. Y el cabo también tenía. Temblando estaba el cabo Seguel. Él seguía apuntándole a la cabeza con la pistola pero no lo miraba. A mí tampoco me miraba. Y todavía falta el otro, decía, falta el otro. Le pregunté por qué seguíamos de largo por la ruta y no entrábamos al pueblo para regresar al batallón o al hospital. Con la mano que tenía libre sacó un par de palas de abajo de las bancas laterales y dijo algo sobre unos bidones de gasoil y la capilla. Es que hablaba muy bajito el cabo. El piso del unimog se encharcaba cada vez más y la sangre se iba toda para atrás, ya tocaba el borde de la caja, como que estaba a punto de caer para afuera, para la ruta. Y ahí pasó algo peor todavía. El hombre levantó un poco la mano y hasta me pareció que abría los ojos. Y ahí nomás dejó de hacer ruidos con la boca y quedó así; duro, con la mano levantada y como mirándolo al cabo, que ahora sí lloraba. Se hacía el que no agachando la cabeza, como que le revisaba los bolsillos al hombre. Pero lloraba. Y yo también lloré porque el cabo me dio una fotito que había encontrado en el bolsillo de la campera del hombre. Era la foto de un nenito chiquito con una mujer. Recién allí el cabo guardó la pistola y yo me corrí para la punta del camión, para mirar para afuera, a ver si por lo menos el cielo amagaba a limpiarse.




8. AMAZONAS  II
 
   Desde el ventanal del departamento que la Señora tenía en el barrio de Palermo, Mercedes podía apreciar el Jardín Botánico y el incesante ir y venir de gente bien que transitaba esa selecta zona de la ciudad de Buenos Aires. No era que le desagradara la vista que disfrutaba desde el cuarto piso, pero se sentía ajena a la ciudad, al estilo de vida que su madre quería imponerle y al círculo social que frecuentaba su familia materna. Todo lo que proviniera de sus parientes porteños le resultaba aburrido y artificial. Incluso la carrera de arquitectura la había desilusionado. Para ella, el Buenos Aires que frecuentaban los Martínez Lagos era un desfile incesante de personajes patéticos que se desvivían por sobreactuar. Por lo tanto, este impostado devenir de exquisiteces sociales la llevó a caer en el desprecio de cada una de las maravillas que sus abuelos y su madre disponían para agasajarla. Definitivamente, Mercedes comenzaba a aceptar su cotidiano estado de aburrimiento y su creciente hartazgo por Buenos Aires.
  Luego de la separación de sus padres, Mercedes viajaba a Buenos Aires dos veces por año para compartir los recesos escolares con su madre. Aprovechaba la ocasión para comprar ropa, ir al cine, conocer y compartir salidas con el grupo de amigos de su prima Candelaria. O bien, en enero, pasar unas semanas en el chalet que sus abuelos tenían en Pinamar. Pero esas visitas temporales no se comparaban a esta residencia permanente que Mercedes llevaba desde su egreso como bachiller. Los porteños le resultaban hostiles, fanfarrones e hipócritas. Y sus parientes y allegados más cercanos se destacaban por destilar toneladas de soberbia y estupidez. Para colmo, por obvias cuestiones de seguridad y bajo estricta directiva del general de brigada (RE) Belisario Martínez Lagos, su madre no le permitía invitar compañeros de facultad a su departamento o salir a bailar con desconocidos. Es decir que sus espacios más holgados de esparcimiento se remitían al circuito social que frecuentaba su parentela materna y, por supuesto, a la parcialidad joven que podía encontrarse en ese ambiente.
  Como Mecha sabía cabalgar, era habitual que los amigos de su madre la invitaran a sus respectivas estancias para que ella diera cátedra de equitación a sus pares adolescentes. Pero la intención de su madre no era precisamente ésa, el esparcimiento por sí mismo. La Señora consideraba que su hija ya estaba en edad de despertar el interés a más de un candidato. Y qué mejor que mostrar las habilidades ecuestres de la muchacha frente a lo más selecto de la sociedad rural argentina.
    En ocasión de pasar un fin de semana campestre en La Marita, la estancia que su tío Enrique tenía próxima a Pergamino, el hijo del coronel Echegoyen le pidió a Mecha si podía mostrarle cómo debía regular el envión del caballo antes de sortear una valla olímpica. Mecha le dijo que sí, que montara, que ella le iba a enseñar cómo hacerlo “No, así no. Mejor bajate y sentate adelante mío que yo te muestro…Sí, sos alto pero no importa. Yo te muestro igual cómo se hace”
    No era la primera vez que Mauricio Echegoyen trataba a Mercedes. Durante el último verano se habían cruzado varias veces en las matinee bailables de Pinamar, ya que ambas familias, como ocurría también con las de otros camaradas del abuelo Belisario, habían adquirido condominios en la misma localidad balnearia.
   Ahora, compartiendo una misma montura y teniendo por delante casi quinientas hectáreas fértiles de llanura para recorrer, Mercedes buscaba que el cuerpo de su compañero se sumara al ritmo que la cabalgata demandaba. Pero la tarea exigía más esfuerzo de lo que ella preveía.  Mauricio no sólo la superaba en altura, sino que su espalda era mucho más ancha de lo que parecía a primera vista. No obstante la diferencia física, más lo torpe que resultaba su compañero de monta para esta destreza, Mercedes confiaba en que, a la larga, Mauricio sería seducido naturalmente por el redoble que marcaban los cascos del animal. Por eso decidió aminorar el galope, para comprobar si así la práctica rendía mejores frutos.
   Apenas sosteniendo un trote ligero y sin que ambos se dirigieran la palabra desde que partieran del corral, Mauricio fue recostándose paulatinamente contra el pecho y el vientre de Mercedes. Aproximación que ella consintió y que acentuó con sus pechos. Ahora ambos ondulaban suavemente sobre el lomo del alazán; livianos en el avance y apenas apoyándose en la montura. Mercedes sentía que no estaba mal ceder al deseo, al mismo tiempo que las manos del muchacho hacían contacto con sus muslos para deslizarse hacia la juntura, hacia donde la podían. Dejó que sus piernas se separaran aún más para que él pudiera tocarla como pretendía. Ninguno de los dos se atrevió a pedirle nada al otro, ni a ponerle freno a las caricias. Los dedos de Mauricio llegaban hasta el límite, hasta ahí, hasta donde el cuerpo de una mujer se muestra frágil e impredecible. Mercedes dejó que las riendas quedaran libres y que el caballo continuara avanzando hacia el arroyo que cruzaba el monte de eucaliptos. Rodeó con sus brazos a Mauricio y dejó que una de sus manos se deslizara hasta donde el deseo comenzaba a descontrolarla.
   Esta vez otro hombre, esbelto y de gestos más refinados que Mariano, volvía a bajarla del caballo, a desnudarla y a besarla como su primera vez junto al río Huancúl (No quería) Otra boca contra la suya (No debía dejarse) Otro hombre revelándose con su sexo en alto para entrarle tantas veces como sea necesario (mirame a los ojos no dejes de mirarme así tan redondos quedate adentro y mirame siempre mirame) Tan desbocado como él pero tan diferente y ficticio como podría ser todo hombre que se sabe arrasado por la memoria del primero, del que no sólo observa, sino que también ve lo que hasta ella es capaz de negar para sí misma. Otro hombre que quizás en este mismo instante, muy lejos y montando otro caballo junto a otro río más claro y caudaloso, sigue estando también dentro suyo. Este hombre en otro que sí sabía, y sabe, elevarla sobre el mundo sin tocarla, para luego sentirla entregar un secreto que no late en este pero que resplandece en el cielo oscuro de una mirada que comienza a buscar  una luz herida en la memoria.

-          ¡Vos estás loca, Mecha! –le dijo la Señora tomándola de un brazo-  ¿Abandonar Buenos Aires, la facultad, tu familia, los amigos, todo el confort que tenés aquí para volver a ese pueblo de perdedores y sin futuro? Estás loca, muy loca ¿Qué vas a hacer en…en…Mirá, ni siquiera puedo pronunciar el nombre…¿Me querés decir qué vas a hacer allá? ¿Estudiar? No, porque no tenés dónde ¿Trabajar? De qué, si ninguno de esos salvajes sabe qué significa esa palabra ¿Con quién te vas a relacionar? Ni sueñes con que te vas a ir de acá. No te lo pienso permitir. Mirá, y ruego que esto que voy a decir me lo perdone tu abuelo, pero ahora que está por desatarse la guerra, ojalá los chilenos nos ganen y se queden con toda la Patagonia-
-          ¿Mamá, Por qué no sos sincera y decís la verdad? -
-          La única verdad es la que acabás de escuchar ¿A qué chica de tu edad se le puede ocurrir cambiar todo lo que vos tenés: un piso en Palermo, amistades cultas y educadas, una carrera universitaria, un pretendiente de clase y de excelente familia como lo es Mauricio, por un pueblo insignificante en la Patagonia?
-          Ése no es ningún pretendiente ni…
-          ¿Cómo que no si ya se lo anunció a sus padres y a tu abuelo?
-     Y a mí qué me importa. No pienso verlo nunca más a ese concheto de jopito al aire. Por qué no decís la verdad, dale. Decí por qué no querés que vuelva a San Agustín… Sí, San Agustín, dije ¿Por qué no decís que es por él, por…
-          Ni se te ocurra mencionarlo en esta casa, ¿me oíste? Ni siquiera una vez.
-          Sí, lo digo, ¿y qué ¡ Roberto Díaz Galván!, el mismo que te…
    Más le dolió el cachetazo que le había dado aquella vez Ángeles, una compañera del secundario a la que Mercedes había tratado de “india puta”, que el que ahora había recibido de su madre.
     La Señora era una mujer de gestos sumamente medidos y delicados. Además de tener manos delgadas y pequeñas, no tenía por costumbre agredir físicamente a los suyos. De manera que el daño fue más sufrido por la Señora, quien se sentía profundamente avergonzada y dolida, que por su hija.
 En el fondo, Mercedes estaba complacida por la forma en que culminó el episodio. La agresión de su madre le serviría de excusa para abandonarla y regresar a San Agustín. La Señora, dominada por un espasmódico llanto que intentaba ocultar, le rogaba que la perdonara, que la entendiera, que sólo quería lo mejor para ella, que estaba arrepentida y que le concedería lo que quisiera si no la abandonaba.
   - “Roberto Díaz Galván. No te lo olvides nunca porque yo llevo su apellido. Roberto Díaz Galván, mi padre y el padre de ELLA, y parece que el de su hija también…Ah, ¿no sabías que iba a ser abuelo?...Bueno, enterate porque es así ¿Querés que te cuente lo que vos ya sabés y bien que te hacés la boluda?...Sí, a mi madre y a quién sea le hablo así. La culpa es tuya porque no te ocupaste nunca de nada: ni de él ni de mí. De un día para el otro te subiste al auto de ese otro  tarado y me abandonaste. Estuve un año sin tener noticias tuyas ¡Un año entero! ¿Cómo te crees que viví ese tiempo en casa, en la escuela, en la plaza con las otras nenas? Sola, siempre sola. Acompañada únicamente por lo que me refregaba el espejo cada noche y por esa carita que me miraba con tristeza…¿Qué te voy a andar explicando? Ahora es tarde ¿Querés que te cuente la vez que ladraba la Choli? ¿O preferís que te cuente de la otra, cuando papá ya se la había montado varias veces y la cosa les salía cada vez mejor? No, mejor te cuento cómo es escuchar al propio padre gozando como un animal con la que podría llegar a ser mi hermana. Todas las cosas que le decía a esa guacha escuchaba ¡Todas! Por suerte Mariano siempre estuvo cerca. Si no, no sé qué hubiese sido capaz de hacer. Cuando el viejo la trajo de nuevo a vivir a casa, esa misma noche los espié por la ventana de la pieza. Él creía que yo estaba con las chicas en el club, pero no, yo estaba ahí y vi todo. La primera vez que se lo conté a Mariano no me creyó. Decía que era porque yo le tenía celos a ella. Por eso lo fui a buscar, para que comprobara cómo lo engañaba Laura cuando decía que al único que quería era a él, a Mariano, y que el coronel la trataba bien. Ahí los pude ver a los dos, y a la Choli echada junto a la puerta. “¡Perra de mierda!”, fue lo único que dijo Mariano y se fue. En la cocina, al lado de la heladera estaba el Fal que papá decía que había que tener listo por seguridad. Te juro que lo cargué, lo llevé hasta la puerta de la pieza y les apunté sin que jamás se dieran cuenta…¿Viste que no me conocés? Sos tan poca madre que no sabés de lo que sería capaz tu hija. No creo tener coraje como para llegar a eso, pero sí estoy segura de que la maldad, a la larga o a la corta, se paga. Todo llega y vos lo deberías saber mejor que yo ¿O no sos una mujer madura? ¿Vos acaso no nos cobraste lo que pasó esa vez? Sí, a mí también me lo cobraste y yo te lo voy a cobrar ahora a vos. Tal cual lo voy a hacer con ellos algún día. Creeme que motivos no me faltan…¡Terminá de hacerte la sufrida de una vez! Dejá de llorar que se te arruga la cara y parecés más vieja de lo que ya sos… Dale que me tenés que llevar hasta la terminal de ómnibus. Quiero ver si consigo pasaje para mañana…¿Y? Dale, movete que ya está por llegar el tonto de Mauricio y no quiero tener que darle ninguna explicación. Levantate y mirate en el espejo. Una vieja parecés. Y encima amargada.-